Por: Santiago Montenegro

Una conversación trunca

Tuve el privilegio de conversar con Carlos Gaviria con regularidad desde que nos conocimos en el Senado de la República en 2002.

El era entonces senador de la oposición y uno de los más férreos opositores al gobierno de Álvaro Uribe, del que yo era director del DNP. Durante un debate que se tornaba interminable y tedioso, nos sentamos juntos e inmediatamente comenzamos a hablar de libros. Por alguna razón, me preguntó si había leído a Ortega y Gasset y yo le dije que no. La semana siguiente, esta vez en la Comisión Primera del Senado, Carlos me sorprendió con una lista de ensayos de Ortega, comenzando con El origen deportivo del Estado, y en los encuentros sucesivos me fue tomando literalmente la lección.

Así comenzamos una conversación que se extendió durante más de doce años y que ahora ha quedado trunca. La última vez que compartimos fue en diciembre pasado, con la excusa de discutir la obra de Max Weber, pues en 2014 se conmemoraron 150 años de su natalicio. No hacía mucho, Carlos había dado una conferencia en la presentación de la nueva edición de las obras completas de Weber por el Fondo de Cultura Económica. Por supuesto, no hablamos solo de Weber. La conversación fue también sobre Ortega, pues se conmemoraban 100 años de la publicación de las Meditaciones del Quijote, y sobre el centenario del natalicio de Octavio Paz. Antes de terminar me recomendó leer La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, y quedamos en que pronto volveríamos a almorzar para discutirla. Un almuerzo que ya no podrá ser.

Casi todo lo que charlamos en nuestros encuentros fue de libros y prácticamente nada de política. Si uno se olvidara de sus actuaciones partidistas y lo juzgara solo por sus inclinaciones intelectuales, habría que definirlo como el más puro de los liberales. Y, más que liberal, un kantiano en su concepción del mundo y de la sociedad y que estuvo, por supuesto, presente en sus sentencias de la Corte Constitucional, como la de portar y consumir una dosis personal de drogas. Para Gaviria, la autonomía del ser humano era un valor supremo que había que respetar. Como sujeto autónomo, los seres humanos son capaces de dictarse sus propios principios éticos y, por lo tanto, de poder comportarse y escoger sus acciones de vida, mientras no interfieran en las de otras personas. Ni el Estado, ni nadie, entonces, puede meterse a decirle a la gente cómo debe vivir, qué hacer, qué cosas tomar o qué cosas fumar. Al hacerlo, se olvida de que las personas son sujetos y lo que se hace es tratarlas como objetos, como cosas.

Y, no sobra decir, esta visión del individuo es radicalmente opuesta a lo que el mismo Kant definió como la heteronomia, o como aquellas cosmovisiones que lo conciben como inmerso y determinado por leyes implacables del devenir de la sociedad y de la historia, como el marxismo.

La muerte de Carlos Gaviria nos ha dejado desconcertados y tristes. Lo poco que me consuela es el haber reconocido en esta columna, mientras él estaba vivo, la inmensa deuda intelectual y de amistad que con él tenía. Pero me causa un gran desasosiego saber que ya no habrá un próximo almuerzo y que ya no estará para tomarme la lección sobre La decadencia de Occidente, de Spengler.

 

 

 

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