Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una cosa es elegir y otra cambiar de jefe

Unas elecciones bajo presión terrorista, presencia de tropas extranjeras, financiación mafiosa, amenaza de corrupción, y candidatos que representan puntos de vista e intereses demasiado parecidos, no son exactamente un modelo de certamen democrático.

Nadie sabrá jamás cómo se desarrollaron en realidad las elecciones de presidente y consejos locales en Afganistán. Un velo propagandístico cuidadosamente diseñado comenzó a extenderse con suficiente anticipación, como en aras de preparar buenas noticias sobre el resultado de unos comicios que representarían el cumplimiento del anhelo de implantar en ese país un modelo político parecido al de las democracias que tienen allí sus tropas en tarea disciplinaria.

El ritual, ajeno a las tradiciones de una nación acostumbrada desde hace siglos a que las disputas por el poder se tramitan mediante mecanismos muy diferentes de las votaciones, debía afrontar además obstáculos inverosímiles para los países de tradición democrática electoral. La amenaza terrorista de los talibán, el desorden político consecuencia de la multiplicidad de grupos tribales con afiliaciones diversas, la corrupción omnipresente, no sólo como tradición sino como sistema de resistencia a cualquier tipo de autoridad, los poderes difusos de las mafias narcotraficantes y la presencia misma de tropas extranjeras incapaces de controlar el país, son elementos que desdibujarían cualquier elección en cualquier lugar.

El hecho de que las diferencias entre los candidatos principales sean mínimas sólo puede conducir a la preocupación, porque si en el seno de una nación dividida no aparecen propuestas que representen más que una de las grandes tendencias políticas y de alianza internacional, se está quedando por fuera un segmento de la población que, al ser excluida, seguiría apelando a las armas para ejercer una oposición guiada por ánimos de destrucción.
 
Lo anterior permite preguntarse si lo que se presenta en Afganistán es en realidad una confrontación en la que el país simplemente pone el escenario para que unos radicales exploten lo indomable del territorio y lo complejo de su geografía y de su población, y libren una batalla de gran valor estratégico y simbólico contra una gama amplia de naciones que, bajo el liderazgo de los Estados Unidos, pretende atajar bien lejos a sus enemigos y derrotarlos antes de que ganen espacios y preparen tranquilamente golpes bajos en las grandes ciudades europeas y norteamericanas.

Sea como fuere el contexto estratégico en sus dimensiones más amplias, lo cierto es que la mayoría de los afganos presencia y sufre el espectáculo de una confrontación desordenada que deteriora todavía más las precarias condiciones de vida del país y a casi nadie le trae beneficios tangibles. Miles de soldados foráneos, vestidos como extraterrestres, desfilan y disparan armados de los instrumentos más avanzados de destrucción, sin perder la guerra pero a la vez con pocas posibilidades de ganarla. A ese paso, nadie sabe si más tarde se produzca una unión temporal de muchas tribus en busca de sacudirse de la ocupación extranjera para librar, como hace miles de años, sus propias batallas, con sus propios intereses, en sus términos y con sus propios riesgos.

En fin, una cosa es elegir y otra cambiar de jefe. Lo primero implica el haber tenido oportunidades de escoger entre opciones alternativas. Lo segundo simplemente tiene la poca gracia de señalar a una persona para que haga más o menos lo mismo que se venía haciendo. Bajo las condiciones de ocupación e interferencia extranjera es muy posible que en Afganistán, al menos en la elección de Presidente, apenas estén cambiando de jefe. Lo que de hecho aplazaría los momentos de grandes definiciones.

Otro puede ser el efecto de las elecciones en los consejos locales. Allí la discusión se refiere a los problemas de los vecindarios y a la búsqueda de soluciones específicas y concretas. La gama de los candidatos es tan amplia que se extiende por todo el país y toca una serie interminable de problemas. Son más quienes buscan allí un espacio de poder. Allí es donde la procedencia política de los candidatos puede ser más variada, y donde la significación de la democracia como un fundamento de la administración de lo público puede ser apreciada. Allí no simplemente cambian de jefes. Tal vez encuentren opciones de solución de problemas inmediatos. Que son los que preocupan a la mayoría.

 

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