Por: Luis Carlos Vélez

Una cumbre de contrastes

La prensa mundial que cubrirá la Cumbre de las Américas esta semana en Panamá, tiene listos sus cámaras y sus micrófonos apuntando para el momento en que se registre el saludo entre Raúl Castro y Barack Obama.

Aunque está claro que los mandatarios no sostendrán una reunión bilateral, sí está previsto que interactúen durante el evento. El instante será el sello que marcará el reinicio de las relaciones diplomáticas y comerciales entre las dos naciones que fue anunciado a finales del año pasado. Desde entonces han sido múltiples las reuniones y los foros que se han realizado sobre el tema, incluido uno la semana pasada en Wall Street, donde se discutieron las oportunidades y desafíos que representa para los empresarios estadounidenses invertir y hacer negocios en la isla.

Pero este intercambio no es el único que se espera con ansias. También son muchas las expectativas que se han generado por un posible encuentro entre Obama y Maduro. En contraste con el mejoramiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, el momento entre Washington y Caracas no puede ser peor. Con el paso de los días el gobierno del presidente Obama ha hecho caso a las voces que demandan respeto a los derechos humanos en Venezuela y rechazo a la mordaza cada vez más severa impuesta a la oposición manifestada más recientemente con el encarcelamiento del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, y ha decidido tomar medidas frente a la situación. El congelamiento de activos por parte de las autoridades estadounidenses a algunos miembros del Gobierno venezolano y la declaratoria de Venezuela como amenaza a la seguridad nacional de EE.UU. ha levantado nuevamente una ola de rechazo a Washington, no solamente en Venezuela sino también en toda la región.

Inesperadamente la jugada que parecía obvia para Estados Unidos, de empezar a tomar medidas contra el régimen de Maduro, terminó generando una fuerza negativa en la región, ya que aquellos gobiernos que tradicionalmente se mantienen en alerta al llamado “intervencionismo gringo” tuvieron con la declaratoria una nueva excusa para poner nuevamente el grito en el cielo y demandar independencia para que Venezuela pueda resolver a su manera los asuntos internos. Algunos argumentan que Washington pudo ser más cauto en su movimiento geopolítico y dejar que los hechos siguieran su evolución en momentos en que la situación económica derivada de la caída de los precios del petróleo y la escasez de alimentos y productos básicos tenía a Nicolás Maduro revolcado por las olas de criticas que emanaban desde incluso sus propias huestes. Tal vez, en esta oportunidad le hubiera servido a EE.UU. esa frase que a veces repiten las abuelas que reza: “Si tu enemigo se está ahorcando, no lo detengas”.

Así las cosas, los ojos estarán puestos en Barack Obama. De sus acciones depende el asumir un verdadero liderazgo hemisférico o seguir dejando la región como un problema de segunda clase. América Latina merece que esta clase de eventos sean tomados con seriedad por los mandatarios y no queden como hasta ahora en trasnochados discursos que se podrían resumir en la octogenaria frase “yankees go home” o escenario de pachangas de los agentes del servicio secreto que hicieron celebridad a la recordada “Dania”.

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