Por: Santiago Gamboa

Una de fútbol, con Falcao

Acabo de pasar, si se me permite la expresión, un fin de semana deportivo.

Confinado en hoteles del norte de Europa, dediqué una parte del tiempo a ver partidos de fútbol por televisión, y sobre todo uno de nuestro astro, Radamel Falcao, que me llevó a los más amargos presagios sobre el destino del deporte nacional e, incluso, de nuestra dichosa clasificación al Mundial de Brasil. Pero vamos por partes. El partido de la Liga francesa del pasado domingo entre el Reims y el Mónaco quedó empatado a un gol, pero lo que más me impresionó fue el juego del AS Mónaco. ¡Qué equipo tan malo! No puedo creer que Falcao, un talentoso jugador, forme parte de semejante onceno de palurdos, buenos para perder el balón y tirarse al piso a disimular. Parecían clavadistas, y con qué furia gesticulaban y manoteaban, y cómo se aplaudían a sí mismos cuando lograban algún pase que, de todos modos, no llegaba nunca al delantero. Patético.

A Falcao lo noté desesperado, pues obviamente no recibió un solo pase. Del medio campo ni soñar, pues los centrocampistas estaban tan ocupados intentando deshacerse del balón sin que se notara, que siempre acababan en artística rodada por la hierba y el balón en los pies del contrario. En cuanto a los defensas, unos verdaderos paquetes. Mucho tuvieron con no hacer autogol. Y de la delantera ni hablar. Hay un jovencito argentino llamado Lucas Ocampos al que se le notan en los ojos las ganas de apuñalar a Falcao en cada lance, de quitarle su puesto y, si pudiera, su camiseta y hasta sus zapatos. El argentinito no le hace un pase ni muerto, y en su mirada de trepador comprende uno que su verdadero enemigo no es el equipo contrario sino Radamel. Al menos en cuatro ocasiones pudo hacerle un pase-gol, pero por supuesto prefirió comerse el balón o lanzarlo al techo del estadio. Faltando 20 minutos entró James Rodríguez y la cosa mejoró, pues él sí le hace pases a Falcao, pero ahí intervino el equipo contrario, también de vergüenza ajena, y con un concierto de patadas y empujones se encargaron de acabar con el pobre James. Falcao estaba transfigurado por la frustración. Y no es para menos. La noche anterior había visto el espectacular partido entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid, en el que los hombres del cholo Simeone les dieron sopa y seco a los blancos de Ancelotti. ¡Qué partidazo! Desde los años ochenta, cuando viví en Madrid, me gusta el Atlético, y ese partido fue una lección de constancia, organización, juego de equipo y talento. Diego Costa, Kiko, Thiago, Villa. Daba gusto verlos avanzar, hacer trenzas, retroceder a cubrir y partir al contragolpe. El Atlético, que encabeza la tabla con el Barcelona, va a ser protagonista no sólo de la liga española sino de la Champions League. Y entonces me pregunto: ¿quién fue el genio que decidió que ese equipo le quedaba chiquito a Falcao? No sé quién será su empresario, pero es como para mandarlo a lavar vidrios en los semáforos de Tunja. En el AS Mónaco Radamel se irá apagando sin pena ni gloria, lejos de los escenarios que importan. Como le pasó a Montoya. Lo de siempre con nuestros deportistas, que por un cheque jugoso y empresarios sin escrúpulos acaban estrellados, fuera del camino. Ojalá me equivoque.

 

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