Por: Santiago Gamboa

Una de música y nostalgia

¡Qué nostalgia la música, qué poder evocador! Disculpen el tono personal de esta columna, pero es que llevo algunos días inmerso en mi adolescencia, ni más ni menos, y precisamente gracias a la música, al recuerdo de los discos de vinilo que compraba en una tienda de Unicentro y luego ponía y ponía hasta rayarlos en un tocadiscos Toshiba compacto que, por cierto, una tarde nos robaron.

Aparte de las baladas que martirizaron y machacaron mi adolescencia —aunque algunas son estupendas—, de los vallenatos que se fueron volviendo cada vez más parecidos a las baladas y de la música “disco”, lo que mejor definió para mí esos años fue la salsa, la salsa clásica. Hablo en primera persona del plural porque en esa época, más que un individuo, uno es sobre todo un grupo. El mío era el barrio, el barrio de Bella Suiza. Ahí la salsa arrollaba y todos aprendimos no sólo a bailarla sino a seguir los pasos de los coros de las orquestas. Para Tomás, Ricardo, Juan Arturo, Jorge Mario, Miguel Ángel Mickey, mi hermano José Pablo y yo, no había mejor regalo que una grabación de un concierto de la Fania, de Richie Ray y Bobby Cruz, de Celia Cruz o de el Gran Combo, de la Sonora Matancera o, ya soñando, de Benny Moré y el Septeto Nacional de Cuba. Intentamos en vano aprender a tocar instrumentos. Éramos un grupo de jóvenes en una ciudad lluviosa y fría, pero con una música que nos caldeaba el alma. Latinoamericanos de montaña, lejos del Caribe y sus ritmos, intentando proyectar sus ansias de coherencia y de pureza.

Como es lógico nuestro cantante preferido era Héctor Lavoe. Fui a visitarlo a su tumba el mes pasado, en Ponce, llevándole el saludo de todos. No olvido un concierto suyo en Bogotá en el coliseo cubierto El Campín, en 1983, al que fui con algunos compañeros de la Javeriana, entre ellos el escritor Mario Mendoza y el filósofo Gustavo Chirolla. Recuerdo la emoción cuando al fin, como a la una de la mañana, salió al escenario y arrancó con Mi gente, qué felicidad. A Celia la vi muchas veces, lo mismo que a Rubén Blades, cuyos discos compraba a medida que iban saliendo, con canciones que todavía hoy me sé de memoria. Bailábamos en La Teja Corrida, con el grupo de César Mora, en el viejo Goce Pagano de la Caracas con 72, que ya cerró, pero también en el del centro y en uno que por unos años abrió sobre la Quinta, detrás de la Plaza de Toros.

Hace poco, en Caracas, un grupo de amigos me llevó a un bar de salsa extraordinario, el Juan Sebastián Bar, y además de evocar esos años recordé que una de las cosas que compartimos con Venezuela es precisamente ese amor por la salsa clásica. Al igual que yo, los escritores Rodrigo Blanco y Willie McCoy se sabían todas las canciones, y los embargaba una estruendosa alegría cuando sonaba uno u otra. McCoy dijo una frase memorable: “Con Oh, qué será, Willie Colón logró algo que ni siquiera Carmen Balcells pudo hacer: vincular a Brasil con el Caribe”. Me dijo de paso que las frases iniciales de esa canción (“Yo creo en muchas cosas que no he visto…”) son de Clarice Lispector, cosa que yo ignoraba a pesar de sabérmelas de memoria.

En fin, la nostalgia de una época y de la música de esa época, que por fortuna de vez en cuando regresa.

 

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