Por: Carolina Sanín

Una defensa

La semana pasada, en El Espectador, apareció una columna sobre mí.

Lleva el misterioso título de “La intelectual mesiánica”; misterioso porque en el texto que sigue no se alude ni a que yo sea una intelectual (que para la autora debe de ser un término de ridiculización suficiente) ni a mi mesianismo (término que la autora parece adoptar como sinónimo de apasionamiento, sin tomarse en serio su significado). Está firmada por Melba Escobar, una mujer que demuestra haber coleccionado durante meses mis publicaciones de Facebook. Basándose en ese material, habla de mi “creciente fundamentalismo” y se suma a “personas que escriben diciendo que esto ya es demasiado, que la bandera del feminismo corre el riesgo de estar teniendo un uso errado, pues a algunos hombres les causa temor ser tachados de machistas, anulados, silenciados por estar en desacuerdo con las afirmaciones de Sanín (…)”. Habla de sus sentimientos: dice que le causo “más miedo que otra cosa” y aduce que no permito la discusión, sin que haya jamás buscado discutir conmigo, ni en las redes sociales ni por ningún otro medio.

Como el procurador Ordóñez y como tantos inquisidores, la señora Escobar parece creer que su propio miedo es razón suficiente para controlar la vida de los otros y para que deje de hacerse algo que no le gusta. Su pronunciamiento resulta especialmente descorazonador si se tiene en cuenta el momento en el que se produjo: en medio de una discusión pública provocada por varias personas, entre ellas por mí, sobre la potestad de las mujeres para hablar con firmeza y sobre la costumbre de llamar a las adultas “niñas”, descalificándolas y negándoles implícitamente la autonomía.

En sintonía con el tema de la infantilización de las mujeres, la pieza de Escobar me recordó un ejercicio que se practicaba en el colegio para niñas donde estudié, en una clase que se llamaba Orientación. El ejercicio se llamaba “El banquillo”. Una alumna pasaba al frente y se sentaba en una silla. Las demás, por turnos, decían lo que pensaban de ella. El objetivo del juego era ayudar a que se formara la personalidad de las niñas; a que ellas corrigieran sus errores tras enterarse de qué rasgos de su carácter les molestaban a sus compañeras. Como condición, la maestra exigía que primero se dijera algo “positivo” de la que estaba sentada en el banquillo, pues eso constituía una muestra de buena intención, una manera de afianzar el espíritu de compañerismo —la palabra que más sonaba en el colegio— y una prueba de que todas éramos amigas.

En realidad, el ejercicio adiestraba a las alumnas en la habilidad social de expresar los sentimientos destructivos a través de la manipulación. La acusadora comenzaba diciendo que la rea del banquillo sacaba buenas notas, por ejemplo, y ese reconocimiento le daba un salvoconducto para que, a continuación, ejercitara su maledicencia: tal vez la acusada era odiosa (“A mí no me parece, pero como no tiene amigas, creo que de pronto sí”), o tal vez era ladrona (“Yo no creo, pero a Tatiana se le perdió un borrador”).

Al igual que ese ejercicio, la columna de Escobar no parece conllevar ninguna utilidad aparte de la de fomentar la convicción de que debe atacarse solapadamente y escondiendo la mano después de tirar la piedra, como les enseñan a hacer a las niñas que de adultas permiten que las sigan llamando niñas.

Al comienzo de su libelo, Escobar dice que me considera “casi una amiga” (cosa fantástica y que no sé cómo imaginar) para que el lector y yo —el sujeto que debe reformarse— confiemos en su buena fe y en su conocimiento del caso. Luego dice que me respeta y me admira, y, a continuación, “Me niego a creer que es tonta, malcriada, chillona, amargada, como he leído y escuchado”. En lugar de hacerse responsable de lo que está diciendo, afirma que quien lo dice —oralmente y por escrito— es un ente colectivo y anónimo, lo que le da mayor verosimilitud y le confiere autoridad a su impresionante —y nuevamente infantilizante— selección de adjetivos. En su escurrir el bulto, además, la autora expresamente desestima la acusación (“me niego a creer”) y, a pesar de eso, la repite. Acusa, pues, como si defendiera. Está claro que no se necesitan ni buena retórica, ni lógica, ni verdad, ni estética para infamar a alguien: basta con ser ladino.

La irresponsabilidad de Escobar continúa con su afirmación: “Se ha vuelto una costumbre hablar de ella en privado y quienes opinamos que se te va la mano, que te pasas de violenta, de extrema e intolerante, lo decimos en voz baja, en pequeños círculos”. ¿Qué objeto tiene ese chisme? ¿No sabemos ya que todos hablamos de todos? ¿O su fin es asegurarse la complicidad de su círculo, que yo, por demás, desconozco? ¿O es hacerme recelar de conocidos míos, que, según ella, no solo hablan mal de mí, sino que son lo suficientemente ociosos y obsesivos como para tenerlo por “costumbre”? ¿O se está describiendo una fantasía paranoica —con todo y paso intempestivo de la tercera a la segunda persona, como si, en medio de la oración, se hubiera encontrado el micrófono escondido—?

La autora añade a su duplicidad una contradicción cuando remata mi condena con la frase coqueta: “Al contrario de Carolina, mis certezas son pocas”, tan socorrida entre los que quieren disfrazar de humildad su vaciedad (aunque estoy segura, por otro lado, de que Melba Escobar no tiene certezas, sino prejuicios).

En su columna sobre mi violencia, Escobar ejerce la violencia de manera artera, con agresividad pasiva, como les han enseñado a las mujeres en esta sociedad patriarcal y como nos han enseñado a todos los colombianos en esta sociedad sometida y corrupta: con perfidia pero sin ensuciarse. “Te pasas de violenta”, me dice con condescendiente tuteo, y como si yo le hubiera metido un tiro en la rodilla a alguien o hubiera puesto una bomba. En un país de asesinos, me paso de violenta porque hago chistes escatológicos, porque uso la diatriba, porque he hablado con vehemencia en defensa de la justicia social, de las mujeres y los animales. ¿O quizás es porque traiciono a mi clase, la clase de Melba Escobar? ¿O porque no me gusta frecuentar “pequeños círculos” sociales?

Tiene razón la columnista en que soy agresiva. Es una actitud que me resulta sana en una cultura colonial en la que la expresión verbal de la rabia es locura, en la que la franqueza es inadmisible y en la que, en cambio, arreglamos los conflictos a bala, como caballeros. He sido a menudo ruda, pues me provocan náuseas el diminutivo obligatorio, el requisito de suplicar para que se reconozca un derecho, los “Porque te quiero te pego” y los “Con todo respeto, ¡usted es un hijueputa!”. Yo respeto la lealtad. Respeto las leyes. Respeto la vida y la integridad de los demás. Pero no puedo sentir ni demostrar respeto por lo que no me merece respeto. Y creo que si todos fuéramos conscientes de que no tenemos que respetar cada babosería y mezquindad de cada persona, por más poder que ostente, viviríamos en una sociedad más justa, libre y feliz.

He sufrido por mi propia imprudencia, de la que no me vanaglorio. He roto en ocasiones la comunicación, lo cual no sé si lamentar o no. Sobradamente sé que podría ser más astuta para hacer más el bien y sufrir menos. Reconozco ser impaciente con lo que juzgo como necio. Me he mostrado insensible demasiadas veces, y me duele, aunque seguramente seguiré equivocándome, por endiablada y lenguaraz.

Con todo, no acepto que Melba Escobar me diga, como una prefecta de disciplina, que “se te va la mano”: desconozco el criterio con el que ella ha establecido mis fronteras. Y mucho menos acepto que ofenda mi inteligencia al pretender que el objeto de su pieza no era reducirme y difamarme con malevolencia, a pesar de su supuesta actitud de gran dama, que es, en realidad, una actitud rapaz y servil.

En la columna que me dedica —pero no solo en ella—, Melba Escobar se promueve a sí misma como una mujer en la que sí se puede confiar. Es una feminista moderada, una señora moderna, que puede comentar la actualidad nacional con suficiente información, parca interpretación y escaso análisis, sin que el establecimiento se sienta en peligro, sin que jamás vaya a introducir novedad alguna —ni política ni artística— y sin que a los hombres (que, según dice, corren el riesgo de sentirse “anulados” por mí) se les reavive el miedo a la castración. Ella no excede ningún límite, pues no se puede ser tibio en exceso, pero su complacencia disfrazada de progresismo contribuye a la entronización de opiniones conservadoras y a la perpetuación de la indiferencia.

Dejando de lado la discusión general sobre los resultados de la educación patriarcal y colonial, y los motivos de Escobar, quiero examinar los ejemplos que la columna presenta de mi impertinencia, como podría hacerlo un escritor de cualquier sexo con un escrito que lo hubiera condenado públicamente.

Habla con certeza la autora de “La intelectual mesiánica” cuando reporta que a alguien que comentó que un episodio de mi comedia de YouTube ‘Escucha y la verdad’ era “flojo” le respondí con: “¿Más flojo que el esfínter de su madre?”. Me pareció y me parece una buena respuesta. No excelente, pero buena; quizás con ella esperaba atraer una réplica más ingeniosa por parte del comentarista, para divertirme y para que se divirtieran quienes estuvieran leyendo el intercambio. Era una respuesta agresiva, sí, como era agresivo el video en cuestión. Era ofensiva, obviamente: no injuriosa, no difamatoria, sino insultante con un insulto de comedia, emitido por un personaje de comedia. También dice la verdad Escobar cuando cuenta que ridiculicé el eslogan del Centro Democrático, “Mano firme, corazón grande”, con un “Ano firme, comezón en el glande”. La cita es de una canción satírica que aparece en otro episodio de ‘Escucha y la verdad’. Me parece un buen juego de palabras, aunque sacado de contexto no quiera decir mucho.

Nuevamente está en lo cierto Melba Escobar cuando cuenta que dije que los aficionados a los toros debían ir a que “se los coma un travesti bien vergón”. Una de muchas explicaciones —que a uno pueden interesarle o no interesarle— de la inaceptable tortura de la tauromaquia es el desplazamiento del deseo —quizás no sobra decir aquí que el legítimo, normal y respetable deseo— masculino de ser penetrado, que la sanción moral convierte en sentimiento de culpa. No es una explicación estrambótica ni soy la primera en enunciarla, aunque a Escobar le resulte arcana. Otra manera de presentarla es: “las ganas de que se los coma un travesti bien vergón”. La primera es apropiada para, por ejemplo, un artículo como este. La otra, para un post satírico en Facebook.

Uno pensaría que un escritor, por poco que haya leído, estaría familiarizado con los mecanismos del drama y la ficción, con la necesidad de establecer correspondencias entre la forma y el contenido, y con la diversidad de registros lingüísticos. Cuando dicto mis clases de la universidad hablo sin usar ninguna vulgaridad, pues no serían necesarias y serían inconvenientes. En mis libros y en mis columnas, rara vez echo mano del lenguaje soez, pues me parece un recurso facilista, a menos que su uso sea imperativo para dar fuerza o realismo. En Facebook y en YouTube, en cambio, a menudo soy grosera, procaz, sucia. Hay humor poco agresivo y humor muy agresivo. Existen la ironía, la comedia, la mordacidad, el juego y la invectiva, y es fácil acordarse de ello.

Además, la voz enunciativa en un texto no coincide en su totalidad con la voz de su autor. Y existe la actuación. Al acusarme de ser un “régimen opresor” y al incitar soterradamente a que no sé quién haga qué conmigo porque “esto ya es demasiado”, Escobar hace como el televidente que en la calle arremete a paraguazos contra un actor que interpreta el papel de villano en una telenovela.

Dice otra verdad Melba Escobar cuando reporta que en mi muro de Facebook llamé al periodista Gustavo Gómez “pedazo de tocino”. No tiene razón en que lo hiciera por sus “características físicas” (debe de parecerle a ella que lo ameritan, no sé), pues cuando lo hice no tenía presente la apariencia del señor Gómez. Empleé una metáfora, que es la figura más básica del arte. En virtud de ella se describe por medio de una imagen (el término literal) otra imagen o un concepto análogo (el término figurado). En este caso, el término figurado era múltiple y estaba constituido por la ordinariez, la untuosidad del tono y la ruindad que exhibió en un caso específico el periodista mencionado. Cabe anotar que yo no habría usado “pedazo de tocino” como metonimia (es decir, tomando la parte por el todo, al evocar un espécimen porcino), pues no creo que calificar a un ser humano como otro animal sea denigrante: considero a los demás animales tan dignos como el animal humano. “Tocino” (es decir, no la piel de cerdo, sino el producto destinado al consumo humano) resulta, en cambio, un insulto apropiado para ser usado por alguien que, como yo, practica el vegetarianismo (que a lo mejor es parte del “fundamentalismo” que Escobar me imputa).

¿Que he tachado a personas de “inmorales”, “estúpidas” e “incapaces”? Sí, lo he hecho, al deplorar la injusticia y la frivolidad, y seguiré haciéndolo. Son adjetivos que tienen significados precisos. A alguien pueden no gustarle. Pueden no gustarle a nadie. Pero no son escupitajos ni son balas.

Es también fiel a la verdad Melba Escobar cuando reproduce parte de una publicación mía en Facebook sobre las traducciones de los títulos de algunas obras literarias al español, entre ellos el de “Esperando a Godot”, para el que sugiero “A la espera de Godot”. Dice la columnista que “Hay que anotar que el título es en francés, no en inglés, donde el gerundio es tan frecuente como en castellano, luego tiene todo el sentido que el traductor haya querido conservar la misma forma del original”. La operación de causalidad que ensaya Escobar no solo no tiene “todo el sentido”, sino que ni siquiera se entiende. No entraré a discurrir sobre la posible relevancia de que en francés el gerundio se construya con una preposición, ni sobre la “frecuencia de uso” (que habrá medido ella), que nada tiene que ver con lo que se estaba discutiendo. Cualquier lector, o espectador de cine, o habitante del mundo, por poco atento que sea, podría caer en la cuenta de que no es forzoso ni recomendable, y a veces ni siquiera posible, traducir literalmente de otra lengua. De artimañas, en cambio, nuevamente nuestra autora demuestra entender, y mucho: dice que “por espacio” omitió otros ejemplos de títulos que yo daba, cuando omitió también mi explicación sobre el uso del gerundio en castellano, aunque estaba en el mismo párrafo que encontró.

Que a Melba Escobar le tenga sin cuidado la exploración de la lengua queda claro por la manera como está escrita su carta, perdón, su columna. Está mal entendido el significado del verbo “disertar” en la oración: “Es imposible entrar a disertar con cada una de las afirmaciones que hace Sanín”. Quizás haya querido decir “discutir”, pues no se diserta con. Se diserta sobre. Disertar quiere decir tratar exhaustivamente un tema, y no objetar ni disputar. Es incorrecto decir “donde” si uno no se refiere a un lugar físico, como en la frase: “En francés, (…) donde el gerundio es tan frecuente como en castellano”. Uno tampoco “da fe de primera mano”, sino que da fe, a secas, o conoce de primera mano algo, porque “dar fe de primera mano” no significa nada. Hay que tener cuidado con las frases hechas, sobre todo al combinarlas.

Delato algunas inconsistencias del texto “La intelectual mesiánica” porque, así como a nuestra púdica señora le preocupa que en Facebook se escriban groserías, a mí me preocupa que en los diarios se publiquen textos tan pobremente escritos como los suyos. No me preocupa por un celo gramatical elitista y anacrónico —como anticipo que dirá alguno— ni porque me interese mucho el apego a las normas en general —como creo que he demostrado suficientemente—, sino porque la pobreza lingüística refleja falta de curiosidad, y el desinterés por conocer lo único que nos une, que es nuestro común idioma, denota desprecio por el bien común.

Una de mis mal habidas “certezas”, esta de Perogrullo, es que un escritor que no se interese por qué es lo que está escribiendo, que se limita al lugar común y, encima, lo transmite mal, desestima la oportunidad de reflexionar sobre las articulaciones entre el pensamiento y la realidad. Por otra parte, un escritor —o cualquier persona que tenga el privilegio de ser letrada— que sea autoindulgente con el desconocimiento de los significados de las palabras que usa es, para mí, alguien desinteresado en la claridad y en la justicia. Desconfío de la honestidad de quien, mientras se hace llamar escritor, rehúsa observar cómo se construyen los discursos.

De las acusaciones de Melba Escobar, falta examinar una: que bloqueo a personas de mi Facebook. También en esa tiene razón. No lo hago para protegerme de críticas, como ella dice, sino para esquivar la fealdad, para evitarme amenazas y comentarios que me ofenden en mi intimidad, y para ahorrarme el acoso de personas que me mandan consejos invasivamente y que leen mis posts solo para alimentar su ojeriza. Con todo, no tendría que dar ninguna explicación al respecto: no constituye censura borrar un comentario o bloquear a alguien en Facebook, pues un muro de Facebook no es un periódico ni una agencia de prensa ni un gobierno. No tengo yo ningún poder de “amedrentar” ni de “silenciar”: no tengo un solo subalterno, ni detento ningún poder político ni policial.

La discusión sobre el lugar liminar entre lo público y lo privado que ocupan las redes sociales excede el propósito de este escrito. Por ahora, baste preguntar si yo estaría también obligada, por ejemplo, a incluir en un libro de mi autoría la contribución espontánea de otro autor. O si es violento que muchos artículos de opinión, aquí y en el extranjero, tengan bloqueada la posibilidad de hacer comentarios en línea. También, vale preguntar si es justificable escribir una columna en un periódico de difusión nacional para quejarse porque alguien bloquea a otro de Facebook. Al destinar su información sobre mí a una columna de opinión, Melba Escobar disparata en la misma medida que cuando toma mi muro de Facebook por un país, cuando compara ser expulsado de él con ser víctima de un “régimen opresor”, o cuando confunde su “pequeño círculo” con la sociedad.

¿Violencia? Armar una pelea sin ton ni son, sin estilo y con poco esfuerzo, motivado exclusivamente por un angustioso sentimiento de ambivalencia.

. A diferencia de lo que creen Escobar y algunos otros, uno no ejerce la crítica por desprecio sino que, por el contrario, a través de ella afirma que todos los objetos merecen su consideración, su reflexión, su curiosidad. La crítica explica. Se cultiva por un apasionado deseo de vivir y de observar. No se critica con “furia ciega”, sino, si acaso, con furia ojiabierta. Y con un optimismo que lleva a creer que el pensamiento puede servir, que a través de su uso algo puede mejorar.

Espero haber contestado, con esta larga defensa, a la última insinuación ponzoñosa de Escobar: “¿Será que Carolina Sanín quiere tener fans y no lectores?”. ¿Qué será, será, Melba? Quien haya llegado hasta aquí, sabe que quiero lo segundo. Aunque por vanidad, por deseo de compañía y porque no todo el mundo lee libros ni lee artículos (algunas personas leen solo publicaciones de Facebook, como sabe bien Melba Escobar), quiero también lo primero. Y no necesito ni lo uno ni lo otro.

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carolina Sanín

Última columna

Elogio

El chiste flácido

Una sentencia sin principio

Limosna II