Por: Fernando Araújo Vélez

Una diminuta venganza

Su gesto de “espérate y verás” pasó desapercibido. Su mano levantada, sus ojos entrecerrados por la ira y su voz, casi inaudible, parecían simplemente el decorado de una rabieta más que terminaría, como siempre, en una diminuta venganza.

Sus hermanos lo dejaron solo, mordiéndose los labios, y treinta minutos más tarde se lo encontraron botado en el piso, construyendo con su infinita paciencia decenas de castillos de naipes. Algunos pasaban, le preguntaban un par de tonterías, y soplaban sobre sus construcciones, cual lobos feroces. Él los observaba con los ojos salidos de sus órbitas pero callaba, y en tres segundos comenzaba de nuevo con sus castillos, impecables castillos de cinco, seis o siete pisos con sus respectivas puertas, calles de acceso y jardines.

Esa noche logró elaborar la mejor de sus obras, tal vez porque ya había decidido su “diminuta venganza” de la mañana siguiente. Cuando sus hermanos y padres se acostaron a dormir, él le dio un pequeño golpe a su palacio y recogió las cartas. Fue a la cocina, se tomó un vaso de leche, se pesó, sencillamente porque encontró una báscula, atravesó un pasadizo oscuro, se metió en el salón de costura de su madre, buscó en las gavetas del armario unas tijeras bien afiladas, se las guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta y se encerró en su habitación. Durmió con sueños entrecortados, emocionado y ansioso por aprenderse de memoria, uno por uno, los pasos que debía dar al levantarse porque su tarea, pensaba, no era sencilla. Se despertó a las seis de la mañana. Oyó ruidos, voces, órdenes, lejanas y banales discusiones y risas dispersas. Se levantó, se arregló, guardó las tijeras en su maleta, desayunó un plato de cereales, se despidió de quienes encontró y se fue al colegio, o eso dijo, o eso creyeron todos.

La verdad fue que se escondió detrás de unos matorrales y aguardó allí a que todos y cada uno de sus cinco hermanos se hubieran ido. Entonces volvió a la casa por la puerta de atrás y con todo el sigilo a cuestas, abrió la puerta del cuarto de su hermana mayor y se encerró. “Pagarás caro el haberme acusado con mamá”, susurró. Respiró profundo, intentando controlar sus latidos, hasta que sintió que se encontraba en óptimas condiciones. Era el momento, el gran momento. Sacó sus tijeras, descorrió las pesadas puertas del armario y descolgó, gancho tras gancho,  todos los abrigos, sacos, pañuelos, faldas y pantalones que había. Entonces los volvió trizas.

 

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