Por: Piedad Bonnett

Una economía de papel

Desde hace ya mucho tiempo que los venezolanos sufren toda clase de penurias. Lejos están los días de la bonanza petrolera, aquellos que nos hicieron crear un chiste ya pasado de moda: que como a nuestros vecinos todo les parecía barato siempre decían, “dame dos”.

Ahora, en cambio, escasea la leche, la harina de maíz, el azúcar, la mantequilla. Y como siempre en estas crisis, el papel higiénico. ¿Y cómo se imagina uno que es el día a día de la gente sin este indispensable elemento? Pues, para decirlo con una palabra alusiva, una mierda.

Pero ahora ha aparecido otra carencia: la de otro papel, el que sirve a los diarios, las revistas y los libros. El que permite que la gente se exprese, que el pensamiento circule, que la imaginación y la creatividad estén al alcance de cualquier lector. Esa realidad, que ya lleva meses, se ha puesto en evidencia con la decisión que tomó El Nacional de no publicar, a partir del 27 de este mes, el Papel Literario, que ahora irá exclusivamente en la web. ¿Qué importa? Dirán algunos. Pues sí importa: porque la web no es entonces una alternativa sino una única opción. Y porque las restricciones económicas —del uso de la tarjeta de crédito, por ejemplo— hacen que su acceso no sea tan fácil.

El problema es grave y se explica así: puesto que Venezuela no produce papel, como sí lo hace Colombia —aunque también importamos, y mucho— debe recurrir a traerlo de fuera. Pero como la monumental crisis económica ha llevado a que la brecha cambiaria sea cada vez más grande, casi del 800% —mientras el dólar oficial cuesta 6,50 Bs. el dólar paralelo sobrepasa ya los 50 Bs.— ya ninguna empresa puede importar nada. Esto quiere decir también que en este momento es ya difícil imprimir libros en Venezuela. De hecho, como los editores se están viendo a gatas, deben recurrir a todo tipo de estrategias, desde usar papeles muy baratos —sacrificando la estética— hasta cambiar los formatos tradicionales para ahorrar papel. Pero, además, y por las mismas razones, ya no es posible llevar a Venezuela los libros escritos y editados en el resto del mundo: ni los escritores están dispuestos a no recibir regalías —lo que recibirían es ínfimo y en moneda local— ni las editoriales a vender sin esperanza de que les paguen y a sabiendas de que, dados los niveles de la devaluación, cada día valdrán más. Para acabar de ajustar, existen enormes trabas para la importación, que a menudo pueden interpretarse como censura velada. ¿Quiere importar dos mil libros? Imposible: le autorizamos doscientos.

¿Qué quiere decir esto? Que la sociedad venezolana tendrá que nutrirse solamente del talento nacional, que, aunque por fortuna es grande, termina por convertir la cultura en endogámica. Que habrá cada vez mayor aislamiento intelectual, y que para leer los libros de Coetzee o de Roth habrá que esperar, como en Cuba, a que alguien los traiga de fuera para pasarlos de mano en mano. Ahora bien: la penuria cubana se debe, ante todo, al bloqueo. Pero, ¿qué han hecho los dos últimos gobiernos venezolanos con los dólares del petróleo? Mejor no preguntar. No sea que estropeemos la felicidad que va a administrar el nuevo Ministerio.

 

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