Por: Fernando Toledo

Una exposición

Por estos días de relevo presidencial en Perú, de reflexiones en torno a la contingencia de que en el país limítrofe se desembuche una política de nacionalismo a ultranza y, en general, de expectativas por lo que pueda ocurrir,...

Por estos días de relevo presidencial en Perú, de reflexiones en torno a la contingencia de que en el país limítrofe se desembuche una política de nacionalismo a ultranza y, en general, de expectativas por lo que pueda ocurrir, resulta del mayor interés descubrir un universo de refinamiento casi increíble en la huella de las culturas precolombinas de esa nación, a través de la maravillosa muestra de piezas funerarias de la cultura Paracas que, con el hermoso título de “Hilos para la eternidad”, se exhibe en el Museo Nacional.

El inusual despliegue conmueve al atónito visitante por la insólita calidad de las piezas y, desde luego, por su significado. Con él se mantiene la tónica de exposiciones de excepción a las que, a pesar de unas limitaciones de espacio que exigen la urgente injerencia del gobierno para conseguir la ampliación de las instalaciones, nos ha ido acostumbrando el primer museo del país como, por citar unas pocas, la inolvidable de Alphonse Muncha, la bella de los soldados de Terracota o las dos también de origen peruano que permitieron admirar una rica colección de arte precolombino del Museo Larco de Lima y, poco después, los tesoros del Señor de Sipán.

El camino del ser humano hacia la eternidad causó en la mayoría de las culturas una auténtica catarata de manifestaciones estéticas, en función de embellecerle al difunto su recorrido por la ruta del misterio. Así ocurrió en Egipto y en los ámbitos de nuestros aborígenes, pero los textiles hallados en la necrópolis de Wari Kayan, en la península peruana de Paracas, conmueven sobremanera por un nivel poco común que parte de una rarísimo sentido del equilibrio tanto en el uso del color como en el diseño, que permite la comparación con los máximos ejemplares del arte textil como son algunos bordados bizantinos que aún conserva el Museo de Boston, las riquísimas casullas de la Alta Edad Media de las catedrales francesas y españolas o ciertas piezas de oración de la tapicería oriental. Todos ellos, al fin y al cabo, también fueron concebidos para honrar el más allá.

La maestría de los mantos, esclavinas y faldas Paracas, bordados con aguja en densas telas de algodón, no sólo influyó en el delicioso barroquismo de la cerámica precolombina posterior, sino que invita a observarlos una y otra vez . Es de destacar, además, el despliegue museográfico que, amén de informar sobre las piezas y darles el relieve necesario, contradice los dimes y diretes que en el pasado han ido tejiendo los desacuerdos que suelen darse en lo cultural. Mil gracias al Ministerio de Cultura de Perú por este préstamo y que ojalá nos siga incluyendo en la ruta de exhibiciones de tan alto nivel.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Fernando Toledo

La finura de lo onírico

La decepción

Dos obras maestras

Y se nos vino encima...

Dos culturas opuestas