Por: Héctor Abad Faciolince

Una frase para ti

LA HUMILDAD ES UNA VIRTUD MUY pasada de moda. Si alguien es humilde hoy en día, de inmediato le clavan un adjetivo en inglés (loser!), es decir, fracasado.

En nuestra actual coyuntura electoral no encuentro un solo candidato al Senado o a la Cámara que sea humilde; será que la humildad y la política son incompatibles. Contaba en estos días un escritor portugués, Onésimo de Almeida, que una vez que De Gaulle se estaba confesando el cura le recordó que había olvidado citar su mayor pecado, el orgullo, y por eso le impuso de penitencia una limosna. El general entregó el sobre con la ofrenda del siguiente modo: “Du Grand De Gaulle au Petit Jésus”. El cura lo reconvino y De Gaulle corrigió: “Du Premier de la France à la deuxième personne de la Trinité”.

En cambio sí encuentro humildad en uno, en uno solo de los candidatos a la Presidencia de la República, el liberal Rodrigo Pardo. ¿Es Rodrigo, Gustavo o Rafael Pardo? Ya no recuerdo. En fin, Pardo tiene esa virtud ajena a todos los políticos: es humilde. Y por eso lo están moliendo y lo van a moler. Esta humildad tiene algo de excepcional en un hombre bajito. Ya se sabe que los bajitos (Napoleón, Bolívar, Uribe…) suelen compensar su falta de estatura física con toneladas de arrogancia verbal. Cuenta el mismo Almeida que una vez Golda Meir le dijo a un político algo que podría aplicársele a Pardo: “¡No sea humilde, usted no tiene la estatura para serlo!”.

Si el nombre de Pardo se me confunde con otros, lo que suelo confundir cuando oigo radio es la voz de Petro con la de Vargas Lleras: hablan igualito, con una voz gangosa que en el del Polo indica indignación y en el de Cambio Radical únicamente mal genio. Vargas Lleras, quizá el más arrogante de todos los candidatos a la Presidencia, ha conseguido hacer una especie de milagro: que la gente confunda con carácter lo que es simplemente mal humor.

Creo que cada candidato a la Presidencia de Colombia tiene alguna frase que se merece y se le puede aplicar. En estos días la revista Semana le preguntó a Felipe Arias (el precandidato conservador que le pide prestadas las gafas al presidente Uribe porque la realidad es según el cristal con que se mire) que cuándo mentía. Más serio que un tramposo Arias dijo que nunca. Eso me recordó la forma en que Coronell le ha demostrado los chanchullos que hay en la financiación de su campaña y con qué desfachatez ha mentido Uribito al desmentir a Coronell. Igual le ocurrió a El Espectador. Publicamos que el hombre tenía que votar en Los Ángeles, y salió indignado a desmentirnos hasta que fue desmentido por el Registrador. Es tan mentiroso Uribito que las pocas veces que dice una verdad se pone colorado.

En esa misma nota de Semana Mockus reconoció que su mayor defecto era la depresión. Como Pedro Picapiedras, Antanas suele pasar de la euforia y la exaltación a unos silencios que aniquilan. Todo lo contrario de su contendor, Lucho, que parece siempre prendido, como si tuviera, de nacimiento, tres aguardientes encima. De Noemí no digo nada pues ya nada se puede decir después de que Antonio Caballero le hiciera no una radiografía sino un tac: “Cree que haber tenido puesto público y carro oficial durante toda la vida equivale a dar la vida por la patria”. Preferible un áspid a un mentiroso, eso sí, creo yo.

De Sergio Fajardo dijo esta semana una verdad el inefable Fernando Londoño: que es buen mozo. Los periódicos se sorprendieron hace un mes cuando en una encuesta resultó que las mujeres preferían a Juan Manuel Santos (el más feo de todos los candidatos) por encima de Fajardo, el más buen mozo. Después resultó que la encuesta estaba mal hecha, pero no importa. Por cuál de los dos van a votar las mujeres se verá en la segunda vuelta. Mientras tanto Santos ha hecho una jugada maestra: para no verse tan feo ha puesto a su lado (hubo que buscarlo por cielo, mar y tierra) a un tipo todavía más feo que él: Angelino Garzón, que de lo feo, no de lo malo, le dicen Luciferino.

 

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