Por: Julio César Londoño

Una geometría maldita

BARUCH SPINOZA NACIÓ EN ÁMSTERdam en 1632 en el seno de una familia judía de origen portugués.

A los 22 años ya había perdido a sus padres, a su madrastra y a dos de sus tres hermanos, tenía una sociedad comercializadora de frutas con el hermano que le quedaba y su erudición infundía respeto en la sinagoga. Ignoraba que iba a crear una filosofía rarísima y a recibir una maldición tremenda.

Sus problemas con el Consejo Judío comenzaron cuando le dio por demostrar que Moisés no podía ser el autor de la Torah. El Consejo lo reconvino en privado porque sus miembros consideraron que un debate público con ese brillante joven era muy riesgoso. Sus argumentos podían sembrar semillas heréticas en la comunidad.

Pero Spinoza siguió adelante. Dijo que los cabalistas eran “numerólogos”, que los milagros eran imposibles porque iban contra las leyes naturales y que las normas del judaísmo eran arbitrarias. Entonces el Consejo perdió la paciencia y lo maldijo para siempre: “Excomulgamos, execramos, expulsamos y maldecimos a Baruch Spinoza, maldito sea de día y maldito sea de noche, que nadie tenga con él trato hablado ni escrito ni le haga favor alguno ni esté con él bajo el mismo techo ni se le acerque a menos de cuatro codos de distancia ni lea papeles hechos o escritos por él…”.

Poco después un fanático trató de asesinarlo en plena calle. Entonces Spinoza le dijo adiós a Ámsterdam y se residenció en las afueras de La Haya. Pero la maldición lo persiguió. Para los cristianos era un judío y para los judíos era un muerto.

Vivió el resto de sus días en absoluta soledad, agravando sus problemas pulmonares con el polvo de los lentes que pulía para ópticos y médicos, y componiendo una obra delirante, un oxímoron del espíritu: ¡una filosofía geométrica! La Ethica de Spinoza asciende rigurosamente por definiciones, axiomas y postulados hasta vastos teoremas, y desciende luego a pequeños escolios y corolarios. Adoptó esta estructura porque pensaba que el universo seguía una partitura matemática y secreta.

Su credo fue panteísta. “Las piedras, los animales, las estrellas y nosotros mismos somos atributos de Dios”. “El alma humana es parte del entendimiento infinito de Dios”. No tenía en gran estima a los filósofos griegos. Afirmó que el odio crece cuando es recíproco, pero puede ser destruido por el amor; que en la naturaleza todo ocurre de manera necesaria, que nada es contingente. Corolario: la libertad no existe. Nada ni nadie es libre. Todos nuestros actos están regidos por férreas cadenas de causalidad.

Murió a los 44 años “con los pulmones destrozados y ebrio de Dios”, según el diagnóstico de Novalis.

Por su defensa de la libertad de culto y de pensamiento como condición de la paz civil, es considerado uno de los fundadores de la modernidad, junto a autores como Hobbes y Locke. Henri Bergson dijo que “todo filósofo tenía en el fondo dos filosofías: la suya propia y la de Spinoza”. Para Bertrand Russell, “Algunos lo han sobrepasado en lo intelectual, pero éticamente está más allá de todos”. Borges le dedicó un soneto. “Las traslúcidas manos del judío/ labran en la penumbra los cristales/ y la tarde que muere es miedo y frío./ (Las tardes a las tardes son iguales)./ Las manos y el espacio de jacinto/ que palidece en el confín del Ghetto/ casi no existen para el hombre quieto/ que está soñando un claro laberinto./ No lo turba la fama, ese reflejo/ de sueños en el sueño de otro espejo, ni el temeroso amor de las doncellas./ Libre de la metáfora y del mito/ labra un arduo cristal: el infinito/ mapa de Aquél que es todas sus estrellas”.

En Ámsterdam la maldición del Consejo sigue vigente: no hay allí un solo rastro de su paso por el mundo.

 

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