Por: Umberto Eco

Una gran ronda de aplausos para el público

Hace poco, mientras rebuscaba en mis archivos informáticos, encontré dos artículos que escribí a mediados de los años 80 sobre la misteriosa “tribu bonga”.

Era mi escéptica forma de discutir ciertos hábitos que, había notado, estaban echando raíces en esa época, hábitos que, creía, nos hacían parecer una sociedad más bien primitiva. Por ejemplo, la proclividad al aplauso.

Escribí que, en tiempos pasados, los bongas habían reservado sus aplausos para dos situaciones: cuando habían gozado de buen desempeño o cuando deseaban honrar a una persona digna. Después llegó la televisión, y con ella luces y señales que indicaban a públicos en estudios cuándo debían empezar a aplaudir. Cuando los espectadores en casa descubrieron la treta, muchos sintieron que el aplauso había sido abaratado, no así los bongas.

Una multitud de bongas se presentó ante estudios de televisión, impaciente por una oportunidad de aplaudir. En vez de un letrero de aplausos, algunos presentadores de programas simplemente decían al momento indicado “y ahora, demos un fuerte aplauso”. Sin embargo, al poco tiempo los públicos estaban aplaudiendo sin esperar la indicación del presentador. Todo lo que un presentador tenía que hacer era preguntarle a una persona del público cómo se ganaba la vida, y sin consideración a la respuesta —“Cuido la cámara de gas en la perrera”, por ejemplo—, la muchedumbre solía estallar en una estruendosa ovación. A veces, los presentadores a duras penas tenían la oportunidad de decir “buenas noches”, cuando un estallido de aplausos sofocaba el resto del saludo.

De aquí que el aplauso se convirtió en un elemento indispensable de la televisión: sin él, los programas podrían haber parecido falsos de alguna manera, ¡y espectadores en casa podrían haber cambiado de canal! Los bongas supuestamente querían que la televisión mostrara la vida real justamente como era, y la vida real había llegado a incluir personas que aplaudían. Así que, después de eso, a fin de que se sintieran arraigados a la “vida real”, los bongas tenían que aplaudir todo el tiempo, no sólo dentro de estudios de TV. Aplaudían en funerales, y no porque estuvieran felices de que alguien hubiera muerto o porque creyeran que el aplauso sería del agrado del difunto de alguna manera, sino para sentirse vivos y reales, como la gente de la TV. En esa época escribí que había visitado un hogar bonga y había presenciado cuando un pariente entraba y anunciaba: “¡Un camión acaba de atropellar a la abuela!”, y que, en respuesta, todos se habían puesto de pie y empezado a aplaudir con fuerza.

He ahí mi moraleja. En las casi tres décadas desde que inventé esa anécdota de mi abuela, la costumbre de aplaudir sólo se ha vuelto más generalizada. Esto me vino a la mente hace poco cuando estaba viendo un programa muy disfrutable llamado Reazione a Catena (“Reacción en Cadena”), cuyo anfitrión es un hombre llamado Amadeus. El programa presenta a dos equipos antagónicos, cada uno con tres integrantes, intentando adivinar palabras. Parece perfectamente lógico para un equipo aplaudir cuando uno de sus miembros adivina correctamente. (De hecho, en este programa, incluso la persona que responde se aplaude a sí misma). Sin embargo, aplauden también cuando un oponente responde bien una pregunta. Incluso aplauden cuando Amadeus anuncia un cambio de un juego a otro.

No creo que los concursantes reaccionen de esta manera porque están perturbados mentalmente; de hecho, suelen ser personas bastante inteligentes. Sospecho que se sienten obligados a aplaudir porque, de alguna forma, es como si el aplauso fuera la parte más significativa del programa. E incluso así, los aplausos ya no significan gran cosa. Puede ser una expresión rítmica, como en muchos rituales tribales, o quizá una llamativa afirmación, similar a asentir y decir “oh yeah”, que significa participación, alegría y satisfacción. Sin embargo, el uso excesivo del aplauso ha eliminado su significado en muchos otros contextos.

No entiendo qué impulsa a la gente a aplaudir últimamente en todo tipo de situaciones a todas luces inapropiadas; incluyendo en los funerales de víctimas de la mafia en Italia. ¿Tiene eso el propósito de ser una señal de respeto hacia los difuntos? ¿Es para simbolizar felicidad en sus muertes? ¿Para postrarse ante los asesinos? Seguramente la gente debe poner un límite en algún punto. Y muy al menos, quizá todos podamos coincidir, por dignidad y respeto, en no aplaudir cuando un presidente deposite una corona ante la tumba del Soldado Desconocido.

 

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