Por: William Ospina

Una grata polémica

EL ANTROPÓLOGO YVES MOÑINO* reacciona alarmado desde París porque en mi columna de la semana anterior hablé de sociedades primitivas y de sociedades organizadas.

Utilicé la palabra “primitivas” para aludir a algunas conductas de la sociedad colombiana actual, donde parece lícito transgredir la ley si es por una buena causa (hacer masacres en defensa del orden, bombardear el territorio de países vecinos, usar engañosamente las insignias de la Cruz Roja, recomendar el asesinato y el corte de manos si las víctimas son criminales, pagar con el dinero de nuestros impuestos a seres capaces de asesinar a alguien mientras duerme), donde se roban masivamente tierras y se obtienen triunfos electorales mediante alianzas delictivas, y utilicé la palabra “organizadas” pensando en algunas sociedades democráticas latinoamericanas y europeas donde no ocurren esas cosas.

Acepto con resignación que tal vez esos términos no eran los más exactos. Habría podido añadir que considero mucho más organizados a los pueblos indígenas que a las sociedades agobiadas por la arbitrariedad y por los privilegios, y que considero más primitivos a los nazis que a los zulúes. Pero estaba lejos de presentir que Moñino partiría de esa imprecisión para atribuirme una suerte de sistema de pensamiento en el cual yo idealizo a las sociedades europeas y desprecio o menosprecio a las sociedades indígenas.

Nadie tiene el deber de estar familiarizado con mis escritos, pero quien los consulte podrá comprobar que no hay acusación menos justificada. Digo “sociedades primitivas” y Moñino asume automáticamente que me refiero a los pueblos indígenas de distintas regiones del mundo, con alguno de los cuales él ha convivido, y no, como se desprende del contexto, a sociedades en las que impera menos la ley que la manipulación, la trampa, la violencia, las injusticias y los privilegios.

Cuando hablé de sociedades “organizadas”, para aludir a aquellas en las que por lo menos hay un pacto social y unos acuerdos mínimos sobre las reglas del juego, sí pensaba entre otras en algunas sociedades democráticas europeas, sin pretender por ello idealizarlas, ni postular que son perfectas y que no están sujetas a crítica. Pero él ha asumido que me refería a las naciones colonialistas o al tipo de organización militar del nazismo. En suma, me temo que Moñino estaba menos interesado en entender lo que dije que en derivar de unas cuantas palabras usadas al vuelo todo un sistema de pensamiento negativo y cómplice de las fechorías del colonialismo.

Un lector menos empeñado en “tener la razón de un modo triunfal”, habría asumido que el texto era confuso o que podía inducir a lecturas equívocas, y habría procurado señalarlo. Moñigo ha preferido asumir esa lectura equívoca y deleitarse en atribuirme una ideología retrógrada, y si ello le agrada no seré yo quien lo prive de ese deleite. Pero es bueno aclarar que es él quien llama primitivos a los pueblos indígenas, pues al verme utilizar esa palabra decidió en seguida que me refería a ellos, aunque nada en mi texto aconseja esa atribución. Y es él quien llama organizados a los nazis, en quienes estaba yo lejos de pensar al escribir mi texto.

Aunque apenas tiene que ver con el tema de la columna, el debate que le interesa es hondo y complejo: si existe una ley de progreso incesante de la historia, como pensaba Hegel, que permita llamar “primitivos” a unos pueblos por estar más cerca de la naturaleza y “organizados” a otros por estar más lejos de ella, o si esas palabras pueden no tener un sentido histórico sino apenas descriptivo.

El propio antropólogo nos aclara que las sociedades nativas suelen ser por el contrario mucho más rigurosas en el cumplimiento de la ley y mucho menos proclives a su trasgresión. Razón de más para que sea infundado deducir que yo hablo de ellas cuando me refiero a la trampa, al robo de tierras y a la ilegalidad. Puede estar seguro el señor antropólogo de que si me hubiera propuesto hablar de los pueblos nativos o de las sociedades naturales como las llaman otros, de los u’was o los desanas o los koguis o los embera catíos, jamás habría utilizado la palabra primitivos. Lo remito por ejemplo a mi ensayo “Hölderlin y los u’wa”, que publiqué en la revista Número hace unos meses para que pueda apreciar mejor algunas de mis ideas sobre el tema. Y puede estar seguro de que no es precisamente la palabra “organizados” la que habría usado para referirme a los nazis o a los imperios coloniales.

Yo desconfío de las teorías del progreso: no creo que una metralleta sea un progreso frente a un arco y una flecha; pero tampoco creo que la humanidad no aprenda nada a lo largo del tiempo, y entiendo que ha habido en la historia hitos de civilización. Paul Valéry hablaba de la gradual conquista de valores abstractos y mi crítico se ensaña con él, como si al decirlo estuviera profanando todos los valores abstractos que hay en las sociedades humanas desde siempre. En realidad, para no abundar en debates inútiles, lo que dijo Valéry no es distinto de lo que dijo Cristo: “No sólo de pan vive el hombre”. Y no es necesario ser cristiano para aceptar esa sentencia. Lamento que de la lectura rígida de un párrafo estos amables lectores concluyan cosas que están contrariadas en todos los otros párrafos de un texto que es más bien una defensa de la tradición y de los ritmos naturales contra los vértigos del lucro.

Carlos Vidales, desde Estocolmo, se ha unido a la polémica y ha aceptado la lectura que Moñino hace de mis términos. También su extenso artículo me resulta saludable, sobre todo porque en los tiempos que corren, ser objeto de una tergiversación, o al menos de una incomprensión, es un verdadero privilegio frente a la avalancha de insultos que suelen padecer columnistas y periodistas por parte de unas pocas gentes cargadas de odio primitivo.

Y ojalá esa última palabra, usada para calificar al odio, no desencadene nuevos reproches por parte de estos vigilantes lectores.

* http://ntc-docmentos.blogspot.com/2008/07/sociedades-organizadas-y-sociedades.html

 

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