Por: Armando Montenegro

Una historia de dos países

Es interesante comparar los resultados macroeconómicos recientes de Venezuela y Ecuador, dos países cuyos gobiernos exhiben enormes coincidencias en asuntos internacionales y numerosas afinidades políticas en la aproximación a sus problemas domésticos.

Los resultados de Venezuela son desastrosos y con tendencia a empeorar, mientras que los de Ecuador son relativamente satisfactorios (sus grandes cifras se parecen a las colombianas).

Venezuela sufre una inflación del 54,3% (dato de finales de octubre de su propio Banco Central), el crecimiento del PIB no llegará al 1% en 2013, al tiempo que el déficit fiscal supera el 12% del PIB. En cambio, la inflación ecuatoriana es del orden del 2% anual, su crecimiento económico superará el 4% este año y el déficit fiscal será inferior al 2% del PIB.

El origen de este contraste es fácil de ubicar. Ecuador tiene una política macroeconómica ordenada: la economía está dolarizada y el Banco Central no puede financiar al Gobierno; el déficit del sector público está bajo control (los gastos del Gobierno tienen en cuenta el monto de los recaudos tributarios), y, en términos generales, el Ejecutivo no es un factor de perturbación de la economía. En cambio, el manejo macro de Venezuela, en manos de personas inexpertas, cegadas por fijaciones ideológicas, es horrible: la emisión monetaria a favor del Gobierno no tiene control, el gasto público no guarda una relación con la capacidad tributaria y sus autoridades, con sus torpezas, no hacen más que agravar los problemas.

El abismo se aprecia bien en materia del manejo de la inflación. Mientras que en Ecuador la oferta monetaria está restringida por los mecanismos de la dolarización, las autoridades de Venezuela niegan, de entrada, la naturaleza monetaria y fiscal del fenómeno. Piensan que el aumento de los precios es el resultado de una conspiración que se debe combatir por medio de medidas policivas y, de acuerdo con sus extrañas concepciones, persiguen, como a las brujas, a los comerciantes, señalados de ser culpables de la carestía. Los ataques contra los empresarios reducen la oferta y exacerban la escasez, con lo cual el aumento de precios es cada vez mayor (la nacionalización de las tiendas privadas de electrodomésticos y su sonado traslado a manos de jefes militares acelerarán la desaparición de esos productos de los mercados).

Esta comparación de dos países que tienen grandes afinidades ideológicas prueba que el manejo de la macroeconomía no tiene color político. Hace algún tiempo, incluso en nuestro medio, se tildaba de derechista al manejo fiscal serio y ortodoxo. Y se agregaba que los grandes desequilibrios fiscales y la emisión monetaria descontrolada eran de naturaleza progresista. Lo que ocurre en Ecuador y Venezuela muestra que en macroeconomía sólo hay buen y mal manejo, en forma independiente de lo que piensan los gobernantes.

En Venezuela se comprueba, una vez más, que una equivocada orientación económica empobrece al país que la padece y le hace un grave daño a su población (así se haga a nombre del pintoresco socialismo del siglo XXI). En países de izquierda o de derecha, la inflación es un impuesto que golpea más a los pobres. Lo que hoy sufre Venezuela es semejante a lo que soportaron Brasil y Argentina hace algunas décadas a manos de los incompetentes dictadores militares de extrema derecha.

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