Por: Weildler Guerra

Una historia de Media Luna

Superada la resaca emocional que significó el triunfo del No, grandes franjas de la ciudadanía compuestas por estudiantes, indígenas, campesinos, organizaciones de víctimas, defensores de derechos humanos y artistas, entre muchos otros, se han movilizado mediante marchas y actos simbólicos que evidencian una actitud comprometida con la búsqueda de la paz.

Estas son expresiones autónomas de numerosos colombianos que, como las gentes de Bojayá y otras víctimas,  han quemado las naves de la guerra y no desean emprender el camino de regreso hacia los horrores de la violencia. 

Aunque la incertidumbre aún se cierne sobre las posibles salidas a este dilatado proceso, el extendido respaldo internacional y los pasos públicos ya dados han sido de enorme significancia. Estos hechos han creado una especie de aura curativa individual y colectiva entre muchos colombianos que allana el camino hacia el perdón y la reconciliación.

Como muestra de ello quiero contar una historia iniciada en el corregimiento de Media Luna, departamento del Cesar en 1990. El pequeño puesto de Policía, compuesto por unos 12 hombres, fue atacado la media noche del 27 de diciembre por una fuerza combinada de 150 guerrilleros del Eln y de las Farc. El prolongado ataque dejó como resultado un agente y dos civiles muertos. Otros dos civiles y la mitad de los miembros de la guarnición policial, incluido el comandante del puesto, fueron heridos. Un joven teniente, al mando de refuerzos, llegó a brindarles apoyo a sus compañeros a la mañana siguiente, encontrando un cuadro de dolor y destrucción. Ante la presencia militar y policial los subversivos se vieron obligados a replegarse hacia la Serranía del Perijá.

Desde entonces el pequeño cuartel estuvo rodeado de lúgubres trincheras y los agentes, miembros de una institución civil dirigida a garantizar la seguridad ciudadana, debieron habitar durante 26 años bajo la amenaza constante de un nuevo ataque en un edificio cuya atmósfera estaba compuesta por el miedo y la oscuridad. El teniente de entonces, hoy general de la República, volvió a Media Luna el pasado mes de agosto y encontró las mismas barricadas que persistían dolorosamente en su memoria. Reunió a los agentes y ordenó desmantelarlas. Este país va a cambiar, les dijo, confiando vigorosamente en la paz. A los jóvenes agentes se les ocurrió algo mejor. Con los sacos de arena decidieron construir caminos sobre el suelo sin pavimentar y les llamaron senderos de paz.

Es increíble que algunos colombianos hagan esfuerzos por marchitar el proceso de paz. Muchos otros compatriotas durante años han visto y siguen viendo el conflicto a través de los medios de comunicación con la misma liviandad de quien disfruta el torneo de fútbol de una liga extranjera. En contraste, los policías de Media Luna nos muestran que, a pesar de haber padecido el dolor y la zozobra del conflicto, han mantenido las sensibilidades necesarias para la reconciliación. Ellos decidieron enfrentar las heridas físicas y sicológicas dejadas por años de persistente violencia, han recurrido a su capacidad de imaginar nuevas soluciones, de expresarse frente al otro, y han tomado el riesgo de confiar.

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