Por: Cartas de los lectores

Una horrible lección

Hace un poco más de una semana atracaron a mi hijo de 14 años cerca de Unicentro, a plena luz del día. Él y un amigo iban caminando hacia el centro comercial y cayeron en la trampa de un hombre que pretendió estar perdido y necesitar orientación. Le dieron indicaciones, pero el señor les pidió que lo acompañaran un par de cuadras para estar seguro de que iba en la dirección correcta. Dos cuadras más adelante, salió por la esquina otro hombre y cada uno agarró a un muchacho y le puso un puñal en el costado. Los llevaron a un parque cercano y los despojaron de sus pertenencias.

Me han quedado varias reflexiones que me producen rabia, frustración y dolor. Me duele que lo primero que preguntaron muchos conocidos al enterarse del asunto es si los atracadores eran venezolanos (la verdad es que solo unos preguntaron; la mayoría lo aseveraron disimulando su sesgo con un tono de duda: “seguro fueron venezolanos”, “fijo eran venezolanos” o simplemente decían “venezolanos”). ¡Ah, esa eterna necesidad de los colombianos de encontrar ciudadanos de menor rango en la escala mundial de parias para atenuar su complejo por el estigma de haber nacido aquí! Siento rabia porque la mayoría de esas personas a las que les contamos la historia nos recordaron que “gracias a Dios no les pasó nada” o “pero les fue bien” (y sí, termina uno agradecido con los hampones, así hayan robado y traumatizado a mi hijo, porque les hubiera podido ir peor).

La inercia de las autoridades es tremendamente frustrante: no reciben denuncios y un formulario en línea es la única opción para denunciar un robo. ¿Cuántos colombianos pueden darse ese lujo cuando les roban el celular, que para muchos es justamente su única fuente de acceso a internet? ¿Cuántos tenemos computador en casa y podemos llenar formularios engorrosos, difíciles de entender, que se cierran repentinamente y nos obligan a empezar otra vez desde la primera pregunta? Y ni hablemos de que el formulario de la Policía le pide a la víctima de un delito que describa a... ¡la víctima! (¿Tenía tatuajes? ¿Tenía cicatrices? Quizás el hecho de que las autoridades mismas no sepan distinguir entre víctima y victimario explique por qué este país está patas arriba, pero ese tema amerita un libro). Termina uno llenando el bendito formulario a sabiendas de que nadie va a leerlo, o que si lo leen no va a pasar nada en todo caso, así mi hijo, apoyado en la tecnología, haya logrado identificar el número de celular del presunto ladrón, ubicar su localización aproximada, dar con su foto y hasta con su posible nombre.

El dolor que me ha acompañado todos estos días no es la xenofobia de conocidos nuestros, ni la rabia de terminar agradecida con los ladrones, ni la frustración del formulario, ni que un niño de 14 años tenga más vocación de detective que muchos de nuestros policías. Lo que aún me carcome es la conversación que tuve con mi hijo y su hermano después de oír el recuento de lo que pasó. Les dije que jamás podían ayudar a nadie en la calle, que no podían creer en ningún drama de personas que les pedían ayuda y que no podían confiar en nadie porque vivimos en Colombia. Me duele haberles dado esa horrible lección a mis hijos, y estoy segura de que a ellos los desconcertó oírla, porque siempre les hemos inculcado la solidaridad y la empatía, entre otros valores. Espero que algún día la olviden y que Colombia se los permita.

Érika Ávila.

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2019-08-05T00:00:46-05:00

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