Por: Andrés Hoyos

Una idea crucial

El hato ganadero colombiano se aproxima a los 24 millones de cabezas y el área dedicada a él son 37,4 millones de hectáreas, más del 30 % de la superficie del país, pese a que el sector representa apenas el 1,4 % del PIB. Las cuentas derivadas son sencillas. Hoy la finca colombiana ganadera promedio contiene menos de una res por hectárea. En apretada síntesis: baja explotación de inmensas extensiones y baja productividad. Buen negocio para algunos, mal negocio para todos.

Estas son las cifras colosales de una maldición histórica que hoy me voy a saltar. ¿Por qué? Porque en la última década ha surgido una idea, o conjunto de ideas, que podrían revolucionar esta industria necesaria. Con una tecnología archiconocida, la densidad podría pasar a tres y hasta cinco cabezas por hectárea. Al aproximarse a la cifra de tres, los mismos 24 millones de cabezas cabrían en ocho millones de hectáreas. Claro, sería factible lanzar un esquema exportador formidable, pero aún sin él es posible liberar 29,4 millones de hectáreas. Digamos que si la mitad se usa en agricultura moderna, se podrían reforestar al mismo tiempo 15 millones de hectáreas, un área difícil de imaginar. Permítanme ser grandilocuente: con una reforestación de ese tamaño, Colombia habrá más que cumplido con sus cometidos ambientales para los próximos 50 años, haga fracking o no lo haga.

El nombre del método, con el que tendremos que irnos familiarizando, es ganadería silvopastoril. ¿En qué consiste? En combinar pastos con árboles y arbustos, que sirven para alimentar el ganado, darle sombrío, hacer cercas vivas, mejorar la tierra y consumir grandes cantidades de CO2. Por el camino, se favorecen también las especies silvestres dándoles un hábitat mucho más amigable que el actual. Pese a que el concepto es útil en todo el mundo, sobresale su aplicabilidad en los trópicos, donde el frío y las nieves no obligan a estabulizar el ganado todos los inviernos.

Leo que sería necesario invertir por ahí US$1.000  por hectárea a lo largo de tres años, sin incluir en la ecuación los beneficios de mayor productividad, que empiezan a entrar pronto. Las cuentas del negocio se han demostrado positivas en casi todos los casos. Por una vez es una obviedad otorgar ventajas tributarias a quienes usen de forma comprobable y medible esta tecnología. La velocidad del proceso es clave. Tan beneficiosa resulta la ganadería silvopastoril que uno se pregunta por qué va tan lento, si los beneficios están establecidos, los costos son modestos, mientras que el área disponible y lista para aplicarla es gigantesca. El dinero hoy invertido en la ganadería silvopastoril es una pequeña fracción del que eventualmente será necesario.

Urge la consolidación de un sello de calidad internacional (o varios) que, entre otras cosas, permitirían mercadear la carne y los lácteos, dentro y fuera del país, sin el estigma de ser fruto de una explotación que daña el medio ambiente, como el causado típicamente por la ganadería extensiva. Ya el Estado ha publicado los mapas oficiales de las zonas aptas para la ganadería y la leche, los cuales excluyen las áreas de montaña escarpada, donde no debería haber ganado, solo bosques.

Lo abruman a uno con la idea de que la degradación del medio ambiente es irrefrenable y progresiva. Pues bien, la ganadería silvopastoril demuestra que no hay tal. Un tema como este lo llena a uno de optimismo.

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2019-06-25T17:00:49-05:00

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