Por: Cristo García Tapia

Una identidad en cueros

Una nación aun indefinida en su identidad, tiene que concebir científicos como Cuero y Patarroyo. Y otros, en otras artes, ciencias y oficios.

Y hasta policías que, por arte de la imaginería mediática, son ungidos como “mejor policía del mundo” unos. Otros, como portaestandartes de primer orden de la diplomacia colombiana ante democracias y monarquías del mundo menos proclives a la degradación de los derechos humanos y políticos y más civilistas e incluyentes que la nuestra.

Y, por la misma razón, selecciones de futbol a puerta de horno para “hacer historia” o titularse campeones del mundo en el próximo campeonato mundial de ese deporte, cuando apenas si han podido clasificar después de largos años de estar jugando a la estrategia derrotista de “perder es ganar un poco”.

Y novelistas y poetas y pintores y escultores por la misma falaz e inamovible razón de la imaginería mediática, ad portas de ganar los más encumbrados lauros y pergaminos por cuenta de una obra  aún en gestación. 

O, sin demeritar para nada el esfuerzo y empeño de sus autores, asomando incipiente a la luz de una crítica canoníca menos emotiva y sí suficientemente calificada que vendría a ser, en todas las instancias del respectivo quehacer, la que direccione las coordenadas que den en llegar adonde ya y con calenturienta antelación, han llegado nuestros  oficiosos delirantes.

Que ahora no venga a creerse que el caso de Cuero, desvelado en El Espectador, es lo particular y no la generalidad de esa manifiesta y consuetudinaria forma de alcanzar fama, prestigio, dinero y galardones de cualquier clase, que prima entre colombianos horros de dignidad, moral, ética y valores.

Si es que al “pobre”, “desamparado” y “envidiado” Cuero, como ya lo predica candorosamente una columnista de El Tiempo, más que la puesta en entredicho de sus investigaciones, inventos, patentes, reconocimientos, galardones y otras adehalas, todo cuanto con pruebas le está cobrando la comunidad científica es “por negro, por pobre, por humilde y por exitoso”. 

Y hasta por “desconocerle al Negro cualquier mérito que no haya obtenido antes el profesor blanco de la Universidad Nacional”, proclama María Isabel Rueda.

Más que intercesora de Cuero y defensora de su integridad como científico, condición racial y de clase, cuanto deja entrever la sedicente columnista bogotana son sentimientos contrariados con El Espectador,  por haber permitido este periódico que en sus páginas se dilucidara un caso de excepcional interés para la comunidad científica en general y la investigación periodística en particular: la validez y comprobación de la verdad.

Algo que la aún indefinida identidad de la nación colombiana no alcanza digerir: la verdad y la transparencia como razón suprema de identidad y de un destino de grandeza todavía no vislumbrado y en trance de naufragar en los atajos del facilismo, la trampa, la corrupción y la mentira.

Quizá por eso, o tal vez por eso, Cuero y otros muchos y en diferentes campos del hacer y el pensar, la ciencia y las artes, reconozcan que lo suyo “son los procesos y no los resultados”. 

Y, además, los malos, torcidos, perversos, procedimientos. Y, dirá Cuero, “una cuestión de lingüística”.

*Poeta

@CristoGarciaTap

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