Por: Piedad Bonnett

Una injusticia histórica

Cuando, en 1952, el matemáti- co británico Alan Turing fue conminado a escoger entre la cárcel o un tratamiento de estrógenos para “curarlo” de su homosexualidad, él, un librepensador ateo que a la hora de ser investigado confesó abiertamente sus preferencias sexuales, arriesgándose al escarnio público, optó por lo que en la práctica fue una castración química que lo dejó impotente, deformó su cuerpo y causó en él graves consecuencias psíquicas.

Dos años después, en la plenitud de sus 41 años, Turing fue encontrado muerto en su cama al lado de una manzana mordida impregnada con cianuro. El forense dictaminó suicidio.

Esta condena cruel se dio, paradójicamente, ad portas de que la opinión pública y la prensa británica empezaran a protestar por los recurrentes juicios, persecuciones y hasta ejecuciones a los homosexuales, protestas que terminaron cuajando en el Informe Wolfenden de 1957, que declaró que estos no eran enfermos y que recomendó que dejaran de ser consideradas como delitos las prácticas homosexuales entre adultos. Para el matemático fue, desafortunadamente, ya muy tarde.

Alan Turing fue un personaje tan brillante, versátil y excepcional, que ha dado pie a personajes novelescos, a una obra de teatro —Breaking the Code, de Hugh Whitemore— varias biografías y un sinnúmero de especulaciones entre las que no falta la hipótesis del asesinato. El puesto que ocupa en la historia tiene mucho que ver con un término que hoy nos parece familiar: la inteligencia artificial. En un famoso artículo, publicado en 1936, Turing planteó la posibilidad real de construir una máquina computadora. Esa fue la idea que puso en práctica más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial desde la División de Inteligencia británica: gracias al diseño de “la máquina de Turing” y valiéndose de cálculos combinatorios logró descifrar los códigos secretos de Enigma, la máquina que enviaba instrucciones a los submarinos alemanes que atacaban a las fuerzas aliadas. Pero además se sabe que le gustaba escribir “haikús”, que era un atleta notable y que a él se debe la morfogénesis, una disciplina que une las matemáticas a la biología para descifrar el porqué de las formas de las manchas en la piel de los animales. Tiene que ser muy curioso alguien que quiere saber, científicamente, por qué las cebras tienen rayas.

Turing, reconocido como un genio por la comunidad científica, es un ejemplo infame de cómo los abanderados de la moral han hecho daño históricamente a inocentes por el hecho de ser homosexuales. El 24 de diciembre pasado la reina Isabel de Inglaterra, presionada por un sector de la opinión, divulgó la orden de Gracia y Misericordia que le concede el perdón a Turing póstumamente. Aunque los términos son un tanto ridículos —a Turing, por supuesto, no hay nada que perdonarle— la decisión tiene gran peso simbólico. Nos hace pensar en que la ley muchas veces está afincada en prejuicios religiosos o sociales, y en que, muy probablemente algunas de las cosas que hoy perseguimos furiosamente —los cultivos de coca, por ejemplo— mañana, después de mucha sangre y sufrimiento, serán aceptadas sin escándalo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett

Las caravanas migrantes

Contra el tabú

Bolsonaro: tan lejos, tan cerca

Sin mi esposa yo no sería nada

Día de la Raza