Por: Carolina Sanín

Una investigación sobre lo irreparable

En cuatro años España ha publicado veintitrés ediciones de Los girasoles ciegos, el único libro de Alberto Méndez (1941-2004), aparecido el año de la muerte de su autor.

Se trata de un éxito excepcional en el mercado de ese país, donde el matrimonio de las ventas arrasadoras con la superficialidad parece a veces indisoluble. En esta obra sobre la posguerra española, el lector no encontrará pretensiones épicas, homenajes ni heroísmos. Los girasoles ciegos es una investigación delicada y penetrante en torno al silencio de lo irreparable.

Consta de cuatro cuentos conectados entre sí, ubicados en cuatro años consecutivos, de 1939 a 1942, y basados en historias reales. El primero observa la paradoja de un soldado que se rinde al bando republicano ante la victoria inminente del suyo. El segundo reconstruye la agonía de un adolescente y su hijo recién nacido, ocultos en la montaña tras el triunfo de los nacionales. En el tercero, un republicano condenado a muerte imagina el lenguaje que usan los muertos mientras contempla la posibilidad de usar un remedo de la estrategia de Scherezada para sobrevivir. El protagonista del cuarto es un niño cuyo padre tiene que vivir escondido en un armario mientras un religioso lascivo los acosa a él y a su madre.

En este último cuento, que da nombre al libro, el lector se encuentra con ese niño que se ha convertido en el mejor personaje de la literatura y el cine españoles de la posguerra; con ese Don Quijote de los siglos XX-XXI. Ya lo conoce por las novelas de Goytisolo, entre otros, y por películas como El espíritu de la colmena y Cría Cuervos, y, recientemente, por La lengua de las mariposas y El laberinto del fauno. Es el niño (más frecuentemente una niña) que, al perder la infancia con la derrota de la República, que era ante todo una promesa educativa, testimonia la tragedia educativa que fue (¿que sigue siendo?) el franquismo.

El lenguaje de Los girasoles ciegos es a veces preciosista y apretadamente lírico, como encantado con su propia riqueza ante la pérdida de color del mundo que describe. El lector se ve obligado a entrar despacio, acostumbrando los ojos como si entrara en una casa en penumbra y llena de muebles. Una vez adentro, la ambigüedad de los monólogos y la temporalidad quebrada de la acción lo comprometen con el procedimiento que, entrelazando el archivo manuscrito y la tradición oral, hace audibles las voces muertas de los derrotados.

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