Por: Francisco Leal Buitrago

Una izquierda limitada

La izquierda en Colombia ha sido minusválida por razón del conservadurismo del país, la ambigua línea media de las políticas públicas, la persistente violencia y el manejo deficiente de sus proyectos.

En los amagos de modernización del país, en las décadas iniciales del siglo pasado, las escaramuzas sindicales fueron reprimidas. En los años treinta, el naciente Partido Comunista fue cooptado por el Partido Liberal, así como también lo fue el naciente sindicalismo.

El primer golpe a este movimiento fue en 1946, reprimido tras un intento de autonomía. Las dictaduras civiles y militares, ejes del período de “La Violencia” a mitad del siglo, enfocaron su represión hacia toda idea liberal.

El Frente Nacional (1958-1974) abolió la oposición democrática, componente de todo régimen liberal. A mediados de ese lapso emergieron las guerrillas herederas de “La Violencia”, bajo el estímulo de la Guerra Fría.

La incompetencia del Estado para lidiar con la subversión posibilitó su fortalecimiento y disparó las huestes reaccionarias que crearon el paramilitarismo. La identificación de las ideas democráticas con la ideología guerrillera fue su corolario.

A partir de 1982, los ‘procesos de paz’ se enfrentaron a la soterrada oposición castrense y al paramilitarismo apoyado por dirigentes regionales. La complacencia inicial con el éxito económico de los narcotraficantes fue su caldo de cultivo. Se expandió, entonces, la ‘guerra sucia’, con las consecuencias que nos acompañan.

En este trasegar político, las organizaciones de izquierda fueron descalificadas por el bipartidismo dominante y eclipsadas por una supuesta izquierda armada. Tras el quiebre del bipartidismo en 2002 y la formación de partidos de bolsillo, la polarización política —con mayorías del lado oficial— fue la agresiva herencia en 2010.

En la forzada reelección de 2006, la izquierda unida (PDA) alrededor de un candidato se enfrentó al presidente logrando un 22% de la votación. Pero ‘dormido en los laureles’, el PDA dilapidó su capital político. El ala radical aportó su cuota de responsabilidad.

Desde 1995, Bogotá ha mostrado independencia política electoral en la Alcaldía. En 2004 la izquierda eligió su primer alcalde, cargo que conserva con diferentes opciones. Pero la miopía de sectores radicales indujo la debacle de la administración pasada. El triunfo de la ambivalente disidencia de Petro fue el resultado, al inclinar la balanza de electores que repudiaron tal debacle.

El despelote de la actual coyuntura del país favorece un renovado movimiento de izquierda alrededor de las movilizaciones del ‘poder ciudadano’. Pero el ‘exclusivismo aséptico’ de un miope sector de la izquierda va en camino de derrochar esta oportunidad.

Tal parece, entonces, que los lastres del pasado pesan aún, además de que se han expandido: más violencias, clientelismo, corruptela e inequidad. Todo esto, en medio de instituciones debilitadas y un frustrado caudillismo interrumpido y en pie de guerra contra un gobierno que pretende lograr la paz con guerrerismo y quedar bien con todo mundo a punta de promesas incumplidas.

 

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