Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Una joya

Me proponía escribir sobre lo bueno, lo malo y lo feo del equilibrio de poderes, pero cayó a mi manos una declaración de Alejandro Ordóñez que no puedo dejar de comentar.

Dice Ordóñez en su columna del 10 de junio pasado, y refiriéndose a la “nefasta experiencia” de la “Comisión Histórica y de las Víctimas”, que todos sus informes, “con excepción de uno, obedecieron a un guión predeterminado que responsabiliza al Estado de la violencia”.
 
Me pregunto cómo decide el procurador general de la Nación gastar su tiempo libre. Podría haberse dedicado, por ejemplo, a ordenar a alguno de sus subordinados que le averiguara el real nombre de la comisión a la que al parecer se refiere.   O a explicarle al país por qué invierte tanto esfuerzo y capital humano en defender a su amigo Pretelt, mientras que deja otras causas vitales para la ciudadanía en el cuarto de San Alejo.
 
Pero como decidió que el rato que le deja su alta investidura tiene que ser gastado en seguir bombardeando todo lo que tenga que ver con la paz, es necesario contestarle. La respuesta, en este caso, es muy sencilla: casi inane. Afirmo lo siguiente. Si, en efecto, se está refiriendo a la comisión de la que hice parte, Ordóñez es un calumniador. Según el Diccionario de Construcción y Régimen, calumniar significa “acusar falsa y maliciosamente a alguno, imputándole delito que no ha cometido”.
 
Ordóñez acusa a los miembros de la comisión de seguir un guión “predeterminado” (no hay guión que no sea predeterminado; pero como vimos arriba, el señor Ordóñez prefiere usar su tiempo para bombardear el proceso de paz, no para aprender español): es una acusación “falsa y maliciosa”. Como era inevitable, Ordóñez se ahorra el esfuerzo de presentar cualquier evidencia que soporte su afirmación.  Pero está moral y políticamente obligado a presentarla.
 
Por supuesto, no la tiene. La idea de que los miembros de la comisión, todos académicos con una larga trayectoria trabajando en instituciones de primer nivel en Colombia y el exterior, estuvieran escribiendo de acuerdo a “un guión predeterminado” es una teoría conspirativa inverosímil e infantil. Y si no fuera porque quien la enunció es un alto funcionario del Estado daría más bien risa. De hecho, una de las críticas más persistentes que diversos observadores le han hecho a la comisión es su pluralismo y su heterogeneidad (a mí me parecen más bien virtudes). ¿Dónde está el complot?  A menos de que Ordóñez piense que cualquier narrativa del conflicto que apele a las causas que lo generaron y mantuvieron corresponde a un libreto subversivo. De imponerse esta tesis, se cerraría completamente el espacio para la reflexión académica independiente. 
 
Implicaría que la búsqueda de relaciones causales entre estructuras sociales y conflicto armado —en su origen o en su persistencia— está prohibida. No sobra recordar que buscar, o creer encontrar, tales causas en nada elimina la responsabilidad de las Farc o de otros actores armados. Esto, por lo demás, lo dijeron explícitamente varios textos de la comisión.  ¿Los leyó Ordóñez?
 
Es claro que todas las proposiciones académicas orientadas a explicar el conflicto son debatibles, y lo serán durante lustros. Pero este debate no se puede desarrollar a punta de mentiras o insinuaciones maliciosas. Se me ocurre que las instituciones universitarias de las que la Mesa sacó a la gente que necesitaba —Nacional, Andes, Externado, EAFIT, Rosario, entre otras— podrían explicarle al procurador cuál es la naturaleza de la actividad académica, y por qué la búsqueda de explicaciones no corresponde a un oscuro complot subversivo. Esta explicación puede ser muy comedida, dulce y diplomática: pero se me antoja necesaria.
 
Por lo demás: qué amarga ironía que tales falsedades se propalen en una columna que supuestamente se escribe en nombre de la defensa de la verdad.

 

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