Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una juez equilibra la balanza

La eventual llegada de la Juez Sonia María Sotomayor a la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos sería la señal más avanzada de una irreversible metamorfosis en la definición de América.

No otra cosa puede significar la presencia vitalicia de una norteamericana de origen puertorriqueño en un escenario, el de la herencia del simbólico Juez Marshall,  hasta ahora no ocupado por juristas provenientes del componente latino de la sociedad estadounidense.

Samuel Huntington, atento a los fenómenos que pueden afectar lo que considera la filiación de su país en el concierto de las civilizaciones, se lanzó hace un tiempo a hacer una especie de advertencia sobre el avance incontenible de los latinoamericanos, y particularmente de los mexicanos, al interior de la vida y de las instituciones de los Estados Unidos.

Con celo riguroso en la defensa de las bases, que él quisiera inconmovibles, de la tradición yankee, esto es en los principios de los padres fundadores de la Unión, expresados de la manera más característica en el pensamiento y las actitudes de los blancos anglosajones protestantes, el polémico profesor a duras penas llegó a aceptar uno que otro ingrediente de procedencia latina en la inevitable composición de una nueva sociedad norteamericana.

Concluido el capítulo de la migraciones europeas, que debido a las guerras, el hambre o el estancamiento en sus países de origen, tanto contribuyeron a la dinámica de la Unión Americana hasta mediados del siglo XX, es innegable que, sin perjuicio de las silenciosas invasiones asiáticas que se aproximan por el Pacífico, los movimientos migratorios hacia los Estados Unidos se originen ahora principalmente en America Latina.
 
El éxito mismo de la unidad europea ha significado el adelgazamiento de los corredores migratorios entre Europa y las Américas. De la misma manera las imprecisiones y desvaríos de las sociedades latinoamericanas, con las injusticias que conlleva el ejercicio de un liderazgo errático, cuando no abusivo, han ensanchado por otra parte los corredores migratorios de miles de latinoamericanos atraídos, con o sin fundamento real, por los beneficios de la vida estadounidense.
 
Mal podría pensarse  que la presencia latinoamericana en el ámbito de la unión del norte estuviese llamada a quedar confinada a todos esos oficios auxiliares, a los que se ve obligado quien llega a insertarse de cualquier manera en una sociedad rica que, automáticamente, reserva sus mejores beneficios a los ciudadanos originales.

Más temprano que tarde tenía que presentarse un complejo fenómeno de fusión cultural y social que, a ritmos cambiantes, a  través de la lengua española, de la cocina o de la música, para dar apenas algunos ejemplos, hace que diferentes elementos propios de la diversidad latinoamericana se vayan convirtiendo en parte de la civilización de los Estados Unidos. Lo interesante es que dicha presencia poco a poco va cooptado nuevos sectores de la sociedad y por ese camino se consolida como un elemento adicional de esa cultura que, después de todo, ha sido principalmente la suma de contribuciones de distinta procedencia.
 
Por encima del llamado de Huntington a no hacer concesiones ante la permeabilidad del credo estadounidense, la confirmación de la señora Sotomayor abriría un espacio de inclusión de los latinos asimilados, cuya incorporación a instituciones de tan alto nivel como la Corte Suprema no tiene porqué ser entendida por los tradicionales como una claudicación frente a los principios fundacionales, sino más bien como el reconocimiento de una realidad, como es la del avance hacia una redefinición de la identidad de los Estados Unidos. Lo que debería llevar más tarde a modificaciones en los ánimos hegemónicos a lo largo del continente.

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