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hace 1 hora
Por: Daniel Pacheco

Una lección de humildad del contralor Córdoba

Algo no cuadra. Si después del acuerdo con las Farc surgió la corrupción como uno de los grandes temas de preocupación ciudadana, eso que algunos han poetizado como un gran despertar ciudadano tras el silencio de los fusiles, una primavera contra la política tradicional antes protegida por el ruido de las bombas, ¿cómo es posible que, en esta nueva era, la reforma más grande al Estado para luchar contra la corrupción haya sido aprobada con tan poco debate público? ¿Cómo es posible que la lucha contra la corrupción haya sido delegada, casi sin comentario ni bulla, a un acuerdo entre los congresistas de los partidos de siempre y a un “humilde” aspirante al poder nacional como Carlos Felipe Córdoba?

La reforma constitucional para ampliar los poderes, la plata y el poder de la Contraloría General suscita esta pregunta. Una pregunta sobre los límites y problemas del discurso anticorrupción. Un discurso efectivo para sacar votos, poner temas en los medios y generar indignación, pero limitado para liderar discusiones alrededor de los debates sustanciales a los que supuestamente se debe: los de la corrupción.

Pero mientras sus políticos insignes están en campaña para recoger lo sembrado en la consulta anticorrupción, mientras los influencers se dedican a investigaciones de revuelo, como tomarles asistencia a los congresistas, y mientras los periodistas perseguimos las mariposas de las tendencias en Twitter, es posible que la lucha contra la corrupción haya servido para todo lo contrario. La reforma a la Contraloría es un cheque en blanco, como lo llamó el editorialista de El Tiempo, para que el contralor Córdoba, que la propuso, duplique su presupuesto en los tres años que le quedan en el cargo, engorde una nómina ya llena de amigos de los políticos y use sus nuevos poderes para acaparar la agenda pública en nombre de la lucha contra la corrupción.

Pero ustedes dirán: ¿cómo es posible que un país hipersensibilizado a la lucha contra la corrupción, tan recurrentemente indignado, haya dejado pasar una reforma de ocho debates en el Congreso prácticamente sin comentario? La respuesta de moda es achacarle al contralor Córdoba un talento sobredimensionado para la manzanilla que oculta los defectos propios. Que oculta, en últimas, el secreto más sucio de las cruzadas en contra de la corrupción: que este es un tema profundamente aburrido.

Cuando no hay escándalos, cuando no se tiene a un malo al que señalar, el trabajo anticorrupción tiene que ver con complejos sistemas de vigilancia, esquemas de transparencia, diseño de contratos, etc. Por eso a la lucha contra la corrupción hay que pegarle cosas que emocionen, pero que al final no tienen nada que ver, como el salario de los congresistas.

Todo esto debería generar una reflexión autocrítica, una lección de humildad que hoy se le debe al humilde Córdoba. Especialmente dentro del movimiento amplio que se autoproclama portador de las banderas anticorrupción, al que se le olvidó su propio secreto y está deslumbrado por el escándalo y la celebridad que le generan los espejitos brillantes que le amarró a su aburrido propósito, si es que ese es realmente su propósito.

Debería también generar una autocrítica en las agendas de los medios; nosotros, tan autoproclamados fiscalizadores del poder que fuimos arrollados por una agenda superpoderosa que se volvió invisible por estar fuera del molde Uribe bueno-Uribe malo.

Gracias, Pipe.

@danielpacheco

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2019-09-17T00:00:55-05:00

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2019-09-17T00:15:01-05:00

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