Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una marca imborrable

Nadie ha dicho que Barak Obama tenga allanado el camino que conduce a la Casa Blanca. Tampoco es seguro que, si llega, vaya a producir transformaciones sustanciales. En un país que tiene tradiciones políticas internas e internacionales muy arraigadas, y en el que el Presidente no lo puede manejar todo, falta por ver si esa América profunda que eligió y reeligió a George Walker Bush, está dispuesta a transitar por una aventura que la aparte demasiado del camino reciente.

Sea cual fuere el resultado de la elección presidencial de noviembre en los Estados Unidos, el proceso electoral en curso ya cuenta con elementos para ser recordado como una etapa de ruptura de tradiciones políticas cuya alteración no era fácil de sospechar. Los elementos de originalidad que aparecen en el panorama provienen de la carrera por la designación del candidato del Partido Demócrata, en la que, cualquiera que hubiese sido el candidato elegido, las mujeres o los afroamericanos habrían alcanzado una cumbre política a la que nadie con una de esas dos condiciones había llegado en toda la historia de esa nación.

Sin perjuicio de que a la hora de la verdad los mandatarios norteamericanos terminen por hacer cosas muy parecidas a las de siempre, en defensa de una tradición profunda de la que es difícil escapar, la percepción que los ciudadanos de los propios Estados Unidos, y los del resto del mundo, tengan de esa nación, será diferente. Falta por ver, claro está, si quienes votan efectivamente para presidente terminan o no de consolidar el proceso de cambios que se ha iniciado.

A pesar de que la verdadera batalla por la presidencia de los Estados Unidos comienza hasta ahora, cuando los dos partidos tradicionales tienen ya en la arena a sus candidatos, las credenciales con las que aparece el representante del Partido Demócrata llevan un contenido que jamás tuvieron. El hecho de que el ungido pertenezca a la comunidad afroamericana, en un país que, a pesar de su vocación de apertura no deja de clasificar a sus ciudadanos según su origen étnico, tiene ya consecuencias transformadoras. Y si los electores se adentran en el contenido de su proyecto político hallarán un discurso que a pesar de no apartarse de ciertos lugares comunes, plantea formas novedosas de afrontar hechos, verdades y problemas.

Las discusiones sobre una posible alianza entre el ahora aspirante demócrata a la presidencia y su hasta hace poco oponente por la candidatura del mismo partido, pueden conducir a la consolidación de una fórmula presidencial difícil de atajar.  Y la llegada al poder de esa fórmula, siempre y cuando se establezcan mecanismos de control a las habilidades y ambiciones de Hillary Clinton, y a las de Bill, podría garantizar un período, o dos, de gobierno bajo parámetros y dinámicas muy diferentes de las de los últimos ocho años.

Las consideraciones sobre la calidad y las características de un mandato de presidente afroamericano y vicepresidenta mujer, son apenas un capítulo de las que resultan fundamentales en los debates que se avecinan. Porque en los ejercicios de reflexión política que hagan los ciudadanos con miras a la elección de Noviembre debe saltar al primer plano la controversia de fondo entre los grupos sociales que desde la América profunda eligieron y reeligieron a George Bush, y los que claman por el rescate de la América olvidada y la recuperación de la imagen del país del norte en un mundo en el que ha perdido mucho terreno y capacidad de liderazgo.

Es muy posible que si Obama desafía frontalmente a los poderes ancestrales y tradicionales de los Estados Unidos todo lo que produzca sea una alianza de defensa de los intereses que por décadas han marcado el paso de la vida de toda esa nación. Si quiere ser Presidente tendrá que insistir en su militancia de causas típicas del sentido original que animó la existencia de la Unión. Por ahora, al hacer el balance de sus discursos de campaña, todo indica que ha acertado en la marcha hacia el ejercicio de un liderazgo que, de consolidarse, dejaría una marca imborrable en la sociedad norteamericana, con todo lo que ello implica para el resto del mundo. Mientras no despierte los fantasmas del conservadurismo que tanta fuerza de perturbación pueden llegar a tener.  [email protected]

 

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