Por: Santiago Montenegro

Una mediocre conmemoración

TENGO UN GRAN SENTIMIENTO DE frustración por la forma y el contenido de las conmemoraciones del Bicentenario del Grito de Independencia.

El gobierno anterior falló al no proveer los recursos humanos y físicos adecuados para una empresa de este tamaño. Se equivocó en nombrar en la Alta Consejería para el Bicentenario a una persona a quien el puesto le quedó grande y no logró convocar al país en torno a una efemérides de tanta importancia, aunque demostró dedicación y buenas intenciones. Podrá alegar que no le asignaron suficientes recursos, pero más que plata hizo falta un sólido marco conceptual de discusión sobre lo que ha sido la historia de Colombia en los últimos doscientos años. Ese puesto lo debió tener alguno de los grandes historiadores nacionales, como Jorge Orlando Melo, Álvaro Tirado Mejía, Eduardo Posada Carbó o Adolfo Meisel, para sólo mencionar algunos, quienes, además, contaban con amplia experiencia administrativa en los sectores público o privado.

En una pasada columna también manifesté mi desacuerdo con la interpretación del presidente Uribe sobre estos doscientos años, una tesis que enfatizó, una vez más, en su último mensaje al Congreso el pasado 20 de julio. Para Uribe, la característica fundamental de Colombia en los dos últimos siglos es la violencia, particularmente durante el siglo XIX. Es cierto que hubo varias guerras civiles, pero, según muchos buenos historiadores, nuestras guerras fueron menores comparadas con las de otras latitudes y otros países. Estados Unidos, Canadá y Argentina experimentaron episodios de secesión que nosotros no tuvimos. Además, terminada la Guerra de los Mil Días, Colombia vivió medio siglo de paz que no se puede desestimar. En contra de esa visión, historiadores y científicos políticos, nacionales y extranjeros, sin negar la violencia, la corrupción y otros problemas, no se cansan de resaltar la gran estabilidad política, la fortaleza institucional y la tradición jurídica como características de resaltar de Colombia en el contexto internacional.

Pero, aun en desacuerdo, al presidente Uribe tengo que abonarle que, al menos, tuvo el coraje de tomar una posición frente al Bicentenario. Porque he revisado los portales de todos los partidos que tienen representación en el Congreso y no encontré ningún documento haciendo esta reflexión. ¿Cómo podrán proponer una visión de país y las políticas que la sustentan si no nos dicen dónde estamos hoy como país?  Y, ¿cómo pueden saber dónde estamos hoy si no saben, o no nos dicen, de dónde venimos? ¿Si no nos explican qué ha sido de Colombia en los dos últimos siglos? Casi desde su publicación a comienzos de los noventa, he criticado la noción de Fukuyama según la cual, después de la caída del Muro de Berlín, llegamos al fin de la historia y de las ideologías. Es una teoría historicista, falsa y peligrosa. Pero, es igualmente historicista, falsa y peligrosa la noción contraria, no del fin de la historia, sino de su comienzo. La idea de que es posible hacer borrón y cuenta nueva, olvidar la historia, refundar la patria y volver a comenzar. Una refundación que sólo pueden hacer los salvadores, los seres providenciales, porque las leyes, las instituciones y los partidos fracasaron. Así se comprende la importancia y la necesidad de estudiar nuestra historia, saber de dónde venimos, en qué hemos fracasado pero también qué hemos logrado. Apreciar que también hay tierra fértil en donde sembrar para, algún día, cosechar y repetir con Bernárdez que “después de todo he comprendido que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”. 

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