Por: Claudia Morales

Una mirada al cielo

“El avión se estrelló…salió de Rionegro hacia Quibdó…se pegó contra la montaña…no es posible que haya sobrevivientes”.

Diecinueve personas, incluida la tripulación, iban el 16 de diciembre de 2001 en ese avión Let 140 que había sido contratado por una petrolera para transportar a sus empleados. El copiloto era mi único hermano. Tenía 23 años.

Yo vivía en Washington, D.C., y esas palabras que cito de memoria eran de un amigo de mis papás que me llamó ese día para contarme que Chalo había muerto, que estaban haciendo las labores de rescate de los cuerpos en una montaña de difícil acceso, que dependiendo de cuánto se demoraran en esa tarea fijarían la fecha del entierro y que yo debía irme cuanto antes a Bogotá. Pregunté por mis papás y su respuesta fue: “tu papá está destruido pero está pendiente de cada detalle del operativo. Tu mamá enmudeció después de decir que tu hermano ya está en las manos de Dios”.

escribir una columna sobre algo tan personal me cuesta más que escribir una sobre cualquier tema de nuestro país. Y es que cuando el dolor es de tantas maneras irreparable, expresarlo se vuelve un asunto que me confronta con la vida y con la forma como nos han enseñado a entender la muerte.

Lo hago hoy porque si mi hermano no hubiera muerto, el 10 de junio que acaba de pasar hubiera cumplido 37 años, y porque desde su accidente, he pasado de agache con esa fecha intentando esconder que todos esos 10 de junio, como los 24 de diciembre y todos los años nuevos, él está presente como un cucarroncito que me da vueltas en el pecho y que querer ignorarlo hace mucho daño.

Escribo esto también, porque desde que él murió se apoderó de mí un miedo incontrolable por los aviones y porque cada vez que me montó en uno pienso en Chalo y le pido que haga un milagro a ver algún día supero esa sensación horrorosa. Sé que hay cientos de personas sintiendo cosas parecidas, y tal vez leer este relato les sirva para saber que escribir y compartir puede ser el principio del fin de un duelo y una manera de hacer las paces con la vida que tantas veces nos parece injusta.

Mi mamá, por ejemplo, se enfermó de un cáncer en su seno izquierdo un año después de que mi hermano murió, y sin duda eso fue resultado de la imposibilidad de encontrar un camino para poder liberar tanto dolor. Y decía siempre que quería morirse porque así, a través del espíritu, volvería a estar con su hijo. Hasta que finalmente murió. Un día le dije a Piedad Bonnett, después de leer Lo que no tiene nombre, que me hubiera encantado que mi mamá hubiera encontrado en la escritura, como ella, o en lo que fuera, la manera de hacer catarsis para no dejarse morir.

“Descubrí que la muerte es hermética, no la puedes penetrar ni entender, pero creo que la escritura es la única forma en la que al menos la podemos rasguñar”. Eso dijo David Grossman, un escritor de Israel que perdió a su hijo Uri en la guerra y decidió hacer su duelo escribiendo Más allá del tiempo.

Yo quisiera ser muy alta, como en cualquier cuento de fantasía, para alcanzar con mis manos el cielo, abrir un huequito, asomarme y ver si mi hermano está bien y si mi mamá finalmente pudo estar con él. Y prefiero imaginar que así es, que están juntos y que están bien, porque de esa forma puedo decir, mirando hacia arriba, feliz cumpleaños, hermano de mi vida.

 

@ClaMoralesM

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