Por: Beatriz Vanegas Athías

Una moral para cada ocasión

No se crea que escribiré sobre del populachero señor de la cizaña y sus envilecidos seguidores, aunque el título es propicio para ellos que son expertos en ser camaleones. No es sino verlos buscando votos con los pastores evangélicos y después demandando bendiciones del máximo jerarca de la iglesia católica, el papa Francisco.

Voy a escribir sobre “Todos se amaban a escondidas”. Me cuesta todo el pudor y la sobriedad que me caracteriza hacerlo, pero este es un país en el que los críticos existentes privilegian a los escritores hombres que toman trago con ellos y que están en el centro. En fin, el asunto es que de todos los oficios que existen en el mundo, el más bello y el más trágico es el arte de crear. El artista-escritor tiene la condena, pero también el privilegio de estar impedido para automatizar su mano, su gusto, sus ojos, su teclado digital o su lapicero manual.

Esa dualidad recorre este libro de cuentos que escribí  para contar historias de personajes que habitan la más profunda periferia. Historias de amores imposibles u ocultados  por su condición homosexual; o  historias de habitantes cáusticos que viven en literales infiernos y purgatorios de la violencia o de la molicie diaria. Seres de pueblos y ciudades como Abdalá, el turco bisexual, casado y con cuatro hijos, pero eternamente enamorado de un jovencito que vio crecer  y luego zafarse de su posesión para reencontrarse consigo mismo en la ciudad anónima; o el putrefacto carretillero que era amante del más gallito del barrio; o las dos primas que habitaron en aquel pueblo caliente y vivieron su amor sin que nadie nunca se atreviera a reclamarles nada.

Seres de pueblos y ciudades para quienes nacer es una lucha constante por romper las cadenas de los tópicos y prejuicios, porque el Caribe- escenario de la primera parte del libro- es una región complejísima. Tan libre como conservadora. Allá no hay una doble moral. Allá, por conveniencia y extensión, existe una moral para cada ocasión y situación.

Escribí este libro para visibilizar estas historias. El escritor sucreño José Luis González, se dedicó muy juicioso a leer el libro y dijo algo que me gustaría citar aquí: “Todos, o casi todos, los personajes de Beatriz Vanegas Athías son apasionados amantes, encubiertos o declarados, en los que la heterosexualidad no garantiza nada. Así en la ficción como en la vida real. (…) Inclinarse ante lo hermoso es el quid de la cosa en la obra de Beatriz: Abdala Ramón y el joven sin nombre, al que "amó con ardiente pasión"; el Negro que mordía la yerba y "se dejaba  amar como una fiera por el maltrecho y sucio" Manuel Pablo, alias el Capetillo; el capitán González, que encaramado sobre la espalda de Ruperto el Maromero "entonaba cánticos celestiales cuando su cayado se enderezaba”; Inma y Damajuana, las Damajuanas, que se prodigaron hasta la muerte "un amor sereno y apaciguado". Todos, literalmente, se inclinan ente lo hermoso.”

“Todos se amaban a escondidas” en aquel trópico de profundos abismos y de seres con miedo que no siempre la “cogen suave” ante los retos de habitar el mundo, por eso construyen escondrijos o una colección de actitudes morales para salvar cada situación.

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