Una nación desterrada

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Hablo con un hombre y me cuenta su historia: sus padres fueron asesinados en Cali hace más de una década, el mismo tiempo que él lleva viviendo en Madrid huyendo de la violencia de su país. «Se vive bien —me dice, refiriéndose a España—. Se vive bien y es más seguro, pero tú nunca vas a pertenecer a nada». Narra su tragedia personal y, aunque tiene claro que no va a volver, en medio de su relato lo único que se siente es su nostalgia por Colombia. Quiere regresar —siempre quiere— y no puede. Su vida sigue corriendo peligro en la tierra que lo vio nacer, que es la misma en la que él vio morir a sus padres a balazos.

Me cuenta una chica desde Barcelona: «Mi papá era profesor y lo amenazaron los paras. Era la época en la que empezaron a matar a los profes. Y él estaba montando una radio con los estudiantes. Hablaban mucho de los derechos humanos y eso era una ofensa en la Medellín de esos días. Él tuvo que dejar el trabajo y la plata de la casa se nos iba en tratar de cuidarlo. Además, salíamos muy poco por miedo a que nos mataran y es muy difícil buscar trabajo así. Por eso nos fuimos, por miedo y por hambre».

Enero de 2021 y llevo una semana escribiendo e intentando ayudar a una chica que necesita huir de Colombia. «El Eln me amenazó», dice, y después agrega: «A mí ya no me importa morir, Andrea, perdí las ganas de vivir. Lo único que me angustia es mi niña. Ya perdió al papá y pensar que se quede también sin mamá me atormenta. Y si nos quedamos acá, a mí me van a matar y ella se va a quedar sola». La niña tiene diez años y según la madre, van a sufrir mientras se adaptan en otro país —si es que se adaptan—, pero en la tierra que las echa solo les espera miseria y mucho miedo, y a veces es peor que la muerte.

Ninguna de estas personas quiso o quiere dejar Colombia, lo hacen porque es la única opción, por instinto de supervivencia, porque la vida se les reduce a un único objetivo: seguir vivos. Pero en todos hay un vacío, una tristeza escondida, un hueco que no se termina de llenar. ¿Qué es el exilio? ¿Es acaso conseguir la seguridad física a cambio de perder la emocional?

En la página de la Comisión de la Verdad se lee que, según Acnur, que es la Agencia de la ONU para los Refugiados, «más de 500.000 colombianos y colombianas viven en el exterior con necesidad de protección internacional». ¿Pero qué es esto? ¿”La democracia más antigua de Latinoamérica” escupió —y sigue escupiendo— a más de medio millón de personas fuera de sus fronteras y esto no hace parte de ningún debate nacional, no figura en ningún tratado de paz, no está en ninguna agenda política?

Los exiliados le importan a nadie. Tratan de perder el apego, de desterrarse, de no tener patria; huyen para proteger la vida y en el camino terminan perdiendo parte de la salud mental. En latín escribió Cicerón: «Ubi bene, ibi patria», algo así como «Donde estoy bien, está mi patria». ¿Pero y si nunca se logra estar bien? ¿Si se pierde la propia historia? ¿Si se esfuman los vínculos? ¿A dónde pertenecen los que huyen?

Colombia tiene una nación de medio millón de habitantes desterrada, lejos de sus fronteras y con necesidad de protección. Aunque sea para conseguir votos, espero que en algún momento importen los exiliados.

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