Por: Enrique Aparicio

Una Navidad que lo cambió todo

Las 27 horas de vuelo Bogotá - Bangalore lo habían demacrado hasta el punto de parecer un cadáver hecho hombre.  En Colombia quedaron su mujer, Teresa, llena de dinero y matronuda, quien se dejaba meter mano del "mejor" amigo, y Pedrito, su hijo de 20 años prendido a la teta de su mamá.  Julito sólo contaba para llevar y entregar la quincena en la casa.

“Qué me voy ir a India a ver gente pobre y caminar calles malolientes.  Este trabajo es para el  huevón de Julito,” pensó Armando cuando abrió la carta.

La empresa de sistemas BVBVX de Bangalore, India, le había enviado la invitación para asistir al curso de un mes incluido con la compra del programa para el manejo de datos de la inmensa compañía inmobiliaria de Armando en Bogotá.  Para él, el mundo terminaba en algún club de golf bogotano donde a todo el mundo le hacen venias y Bangalore, un imperio de IT, era un sitio sin nada que ofrecer.  Por eso fue que Julito, quien a brazo partido había sacado adelante la carrera de ingeniero de sistemas, acabó en un avión con destino a India a finales de un noviembre.  

Julito era un hombre amable y servicial.  Alto, con cejas pobladas y atractivo, aunque algo más flaco de lo normal, producto de las largas horas de trabajo y las comidas congeladas que su mujer le dejaba cuando llegaba a casa tarde, después de trabajar.  El sexo fue una palabra que desapareció del diccionario de la pareja.  Su única diversión era el viernes cultural donde se tomaba unas cervecitas con gente de la oficina y pare de contar. 

El calor en Bangalore era abrumador ese 28 de noviembre.  Pasó el control de pasaportes, recogió la maleta y salió a buscar el letrero de la empresa BVBVX.   Para su sorpresa quien lo sostenía era una mujer menudita, bonita, con un vestido de usanza india, un sari, rojo, de seda fina.  El pelo negro peinado hacia atrás, las cejas delgaditas, tratadas con gran delicadeza, unos ojos que lo miraban todo y un puntico rojo en la frente, coqueto, fueron un impacto.  Julito no supo qué  pasó en ese momento. 

Aditi no fue extraña a esa misma sensación.  Hija de una familia noble pero sin grandes riquezas, había roto la sacrosanta ley de no casarse con la persona elegida por sus padres.  Fuerte, segura de sí misma, convencida que antes que esclava, mujer libre y sus consecuencias.  Su padre lloró por el ojo izquierdo ante la familia de quien hubiera sido su esposo, pero por el derecho apoyó a su hija.  Cuestión de negociación.  Aditi era su vida.

-Mira, Julito, o Julio, tu nombre no se me acomoda pronunciarlo, no lo siento. Si no te importa, mientras estés en Bangalore, ¿te puedo llamar Harsha?

Julito respetuoso y en su inglés aprendido por las noches en una escuela de lenguas en el centro de Bogotá, le respondió: 

-Sí, señorita,  como usted guste.

Aditi lo dejó en el hotel.  Al día siguiente lo invitó a un pequeñito restaurante de comida típica.  Harsha, o sea Julito, aceptó.  

-Aquí la comida está llena de especias. Te advierto Harsha que pueden modificar tu espíritu y tu forma de pensar.  Probarás sabores que nunca has soñado que existen.

-Lo que usted diga, señorita.

-Llámame Aditi.  Me haces sentir muy lejana. Lección número uno, aquí comemos con la mano y sólo usamos la derecha.  Así, mira…

Sólo fue pronunciar la siguiente frase: "Bueno, Aditi" y todo cambió.  Julito pasó a ser alguien con alma, con vida.

El curso consumía parte del día y los paseos, en las horas libres, por Bangalore y sus templos, de la mano de Aditi, se fueron yendo muy rápido.

-Harsha, te invito a mi apartamento, esto no es usual en la India pero quiero hacerte una comida de nuestra región. 

Llegó a las 9 de la noche.  Siguiendo las costumbres locales, se quitó los zapatos al entrar.  Fue recibido con un té chai, una bebida con especias.  El olor a madera de sándalo llenaba la atmosfera.  Aditi espectacular, perfumada con agua de rosas, lo invitó a sentarse en unos cojines de seda alrededor de una mesa muy bajita.

-Harsha, el vestido estilo Nehru que tienes te luce –.  Un cumplido para alguien quien  nunca los recibía.

-Fue el que me sugeriste que comprara.  Mi curiosidad por la India se ha vuelto insaciable.

-Y no sabes lo que te espera.

La cena fue una lenta caricia, sin afán.  Cuando terminaron le mostró un álbum de los templos donde se observan figuras centenarias mostrando el amor y el sexo como parte de un proceso entre lo divino y lo humano.  Las diferentes formas y posiciones fueron iluminando la imaginación.   

Aditi apagó las luces de la sala, dejó cuatro velas pequeñitas.  Se excusó por un momento.  En unos pocos minutos llego desnuda.  Su silueta se reflejaba en una pared de la sala.

-Ven, no sé qué me ha pasado pero siento que hemos coincidido, nos hemos vuelto a reunir después de cientos de años. Tengo la sensación de que te estaba esperando.

A partir de esa noche Aditi y Harsha no pudieron separarse.  La imaginación y claridad de dirección de vida fueron inevitables.  Harsha aprendió que el sexo podía ser parte de la vida, algo permanente, amable.

Bangalore, India, otro mundo, otra comida, otra gente.  Harsha se encontró con Harsha.  Entendió que la comida no tenía que ser el vómito de un microondas, que podía ser algo esmerado lleno de sabores y especias diferentes cada día.  El recuerdo de los años de soledad se derrumbó, dejó de existir en su memoria.  Su físico de cadáver de 1.90 paso al de un hombre con ganas de vivir, simpático, seguro de sí mismo.  Además había logrado, por contactos de Aditi, un buen puesto en una empresa que crecía exponencialmente.

Un día ella le pidió que regresara temprano a casa.  El tono tenía algo de expectativa.  La penumbra de la tarde, el olor de las especias, el incienso, llevaban a presentir algo importante. 

Aditi lo invitó a relajarse.  Primero con un té darjeeling, pero antes de hablar vio que Harsha tenía la mirada perdida.

-Mira -le dijo Harsha-, estoy viviendo algo muy extraño, necesito que me ayudes. Recibo correos como estos -y le mostró el iphone y a continuación le tradujo:

“Hola Julio: Aquí lo estamos esperando. Cuénteme qué le pasa. Teresa.”

“Julio: ¿Dónde está metido?  Tenía que haberse presentado a trabajar en la oficina hace meses y desde que se fue al curso no hemos vuelto a saber de usted. ¿Qué se cree?  Lo espero mañana a las 9 o queda despedido y puede estar seguro que mis abogados lo demandarán por fraude.  Armando Gómez.  Presidente.”

Sabes, Aditi, para mí ya son nombres lejanos y situaciones fuera de mi mente.

-No te preocupes. Piensa que son personas que se equivocaron de destinatario.  Oye lo que te voy a contar: Vas a tener un hijo. Me entiendes, Harsha, India ya es parte de tu vida.

YouTube sobre algunos sitios de Bangalore:  https://youtu.be/-KsO-c9Eh70

Que tenga un domingo amable.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Enrique Aparicio

Entre la fama y el dolor

Un cuento o una verdad a la italiana

Dejemos de sentirnos paridos por los dioses

Historia de un bello pueblo de pescadores

El dolor