Por: Juan Manuel Ospina

Una negociación más allá de las Farc

¿Quién es el actor social más influyente en Colombia, el que como ningún otro en los últimos 30 años, ha incidido y condicionado la agenda política y en especial la electoral? Las FARC.

 Más allá de lo que su poder real y su capacidad para generar hechos concretos, permitirían prever. Lo han logrado gracias al impacto psicológico y mediático de sus métodos violentos e intimidatorios y porque en los medios, en las fuerzas armadas y en ciertos grupos políticos, con el uribismo a la cabeza, han encontrado una formidable caja de resonancia que los publicita y les magnifica su importancia. A todos ellos su poder de influencia, la vigencia de su discurso se mantiene vigente mientras subsista la amenaza fariana, el “coco” de las FARC. Un discurso que si fuera cierto, permitiría concluir que todo lo malo que le pasa al país, que la pobreza, la violencia, la corrupción y la criminalidad que padecemos los colombianos, es obra de ellos, convertidos en la encarnación de las fuerzas del mal.

En esa línea de pensamiento, al oír a los críticos del acuerdo de reforma política aprobado en La Habana, podría pensarse que gracias a éste, las FARC serán más poderosas e influyentes políticamente. Pienso lo contrario. Que su poder una vez dejen las armas se reducirá dramáticamente. Que hoy ese poder “nace de la boca de los fusiles”. En las zonas con presencia guerrillera, y las encuestas así lo indican, más que en las ciudades, hay compatriotas que no apoyarían el proyecto político fariano.

Son comunidades que quieren ser normales, parecerse al resto del país. Y sus miembros, vivir sin amenazas de uno y otro bando, tranquilamente, para desarrollar un trabajo digno, “legal” y seguro, con acceso a educación y salud; que puedan ver en las autoridades no una amenaza sino una protección. Un escenario que les abra espacio a las posibilidades de esperanza. En el fondo aspiran a lo mismo que nuestro vecino urbano. Dejar de ser víctimas ignoradas en sus derechos para transformarse en ciudadanos normales. En ello no hay misterio ni agendas ocultas. Son aspiraciones normales de personas normales.
Interpretando los acuerdos de la semana pasada, parece que la negociación se va consolidando en torno a dos ejes temáticos: las víctimas y los territorios donde durante años se enseñoreó el conflicto, con su herencia de atraso económico y marginamiento político. El acuerdo agrario abriría el camino para enfrentar lo económico, en un sentido amplio. El político buscaría abrirles espacio a esas comunidades. En lo agrario, las FARC se bajaron del tren de la revolución rural para integrarse a las corrientes de un reformismo modernizador, de corte socialdemócrata. En lo político estaríamos frente a una guerrilla que avizora el principal escenario de la actividad partidista y de la lucha/movilización social en los territorios, en departamentos y municipios. Y ello vale tanto para ellos - más como grupo que como individuos - como para las nuevas fuerzas sociales y políticas que surgirían en la dinámica del postconflicto, con especial énfasis en los que fueron territorios de guerra. Su visión política parece trascender los intereses personales y aún grupales, en favor de la búsqueda de ampliación de los espacios de oposición para diferentes actores políticos (Marcha Patriótica, UP…) y movimientos sociales, transitorios o permanentes que vayan surgiendo en relación con temáticas o ámbitos territoriales determinados.

Ese enfoque de las FARC se sintoniza con la visión del Gobierno Santos y permite pensar que estamos ante una guerrilla que finalmente mostró que puede mirar la realidad de frente, desprendida de las gafas distorsionadoras de la vía armada al poder. Mucho le costó el aprendizaje. Mucho le ha costado a Colombia en términos de vidas y de dolor, y de atraso en su desarrollo socioeconómico y en el enclaustramiento de su política en el estrecho marco de una interminable lucha antisubversiva que polarizó a la sociedad, limitó y empobreció el campo de la propuesta y la acción política, llevando hasta a la tergiversación de la importancia de los actores político, como la que acá se comenta. El camino habanero es traicionero pero necesario de recorrer y parecería que podrá finalmente llevarnos a una nueva etapa de nuestra vida como Nación.

PS. Escrito lo anterior se conoce la noticia del supuesto atentado de las FARC al expresidente Uribe y al señor Fiscal. Preocupante el hecho, que a algunos puede alegrar. Urge conocer la verdad. De La Habana debe llegar una explicación y una condena sin atenuantes, por el bien de todos.

 

 

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