Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una nueva beligerancia

El ritmo del mundo está marcado ahora por la estridencia de amenazas insólitas, la intromisión indebida en los asuntos de otros, las decisiones caprichosas de valor simbólico y los cambios de rumbo al antojo de quien tenga a la mano los altavoces del poder.

Es como una nueva forma de manejo de hostilidades. Como una guerra de palabras que, así pierdan valor en poco tiempo, ponen en ascuas a otros, y de pronto al mundo entero, mientras van desdibujando todavía más un panorama que ya era incierto con la esperanzadora desbandada del desmonte de la Guerra Fría.

Gobernantes de nuevo talante, en lo grande y en lo pequeño, en escenarios internos o internacionales, vociferan propuestas inéditas de desorden, como la de no cumplir con lo pactado, abandonar obligaciones elementales, abrir y cerrar alegremente fronteras, subir o bajar aranceles, o acelerar discriminaciones, al tiempo que lanzan al aire ideas peregrinas, inventan exigencias, califican a quienes no tienen derecho a calificar o producen sin rubor noticias sin fundamento. Todo para más tarde volver la espalda, desmentirse, contradecirse, arrepentirse o mirar para otro lado, en ejercicio de una lógica incomprensible, que puede ser avasalladora.

A estas alturas de la historia, algunos de ellos consiguen revivir el comportamiento caudillista de antes de la Segunda Guerra Mundial, aun en países de prolongada tradición democrática. Para ello, desde su tribuna, ejercen como intérpretes y orientadores de los sentimientos nacionales y hasta pretenden ser jefes espirituales y representantes no solo de los sentimientos políticos sino del ánimo religioso de millones de indefensos, o despistados, que los ven como iluminados, porque se ven representados en sus fantasías.

Atónitos, quienes no participan de ese juego extravagante no alcanzan a descifrar los altibajos y remezones de los protagonistas de un drama contagioso que va dejando a la vera del camino a quienes no participan de la marcha triunfal de la apariencia, la amenaza y la mentira calculada. Parecería que la serenidad, el sosiego, el respeto, la responsabilidad y la buena voluntad, que por lo menos se pregonaban en otras épocas, no sirvieran ya para nada.

El más extravagante, inusual, y provocador de los aspirantes a suceder a la saliente primera ministra del Reino Unido ha amenazado, como mensaje a sus potenciales electores, con el no pago de la enorme deuda que su país debe cubrir con motivo de su salida de la Unión Europea, a menos que los demás miembros del grupo acepten sus condiciones de retiro. Con ello apenas aumenta el listado de sus impertinencias, desatinos y gestos insolentes, ya conocidos desde cuando manejó por breve tiempo las relaciones internacionales de un gobierno que tuvo que abandonar después de haber desatado tempestades.

El problema es que la actuación del flamante pretendiente del gobierno británico no es aislada, sino que forma parte de la lista cada vez más larga de quienes, a la manera primitiva de los “hombres fuertes” de otra época, desbordan los límites de tradiciones del respeto por reglas, escritas o no, y las desconocen con una facilidad asombrosa. Su discurso lleva el común denominador de vociferar razonamientos primarios que gustan a un público de pensamiento elemental que se ve representado por ellos.

Como en mosaico de una retórica ligera y desordenada, en una y otra parte se desvirtúa, no se sabe si por conveniencia, por menosprecio  o por ignorancia, el viejo principio de que es mejor la no intromisión en los asuntos de otros, pues el precedente traerá consecuencias devastadoras. Entonces se suspende el cumplimiento de tratados. Se sabotea la búsqueda de propósitos comunes. Se critica abiertamente a países amigos. Se anuncian éxitos que no son tan evidentes. Se pide la renuncia de presidentes ajenos, interferencia indebida así se trate de dictadores insoportables. Se anima a las fuerzas armadas de otros países a tomarse el poder, también intromisión indebida, así fuese entendible que lo hicieran. Se miente sin vergüenza sobre hechos contra toda evidencia. Se anuncia el éxito de reuniones ostensiblemente fracasadas. Se destierran universidades. Se construyen o recomiendan muros para atajar el tránsito de migrantes. Se discrimina a la gente por su creencia religiosa. Se critica la gestión de gobernantes de ciudades ajenas. Se descalifica la gestión de presidentes “amigos”. Se conceden “premios de buen concepto” sobre personajes extravagantes.

Cada quién enarbola la bandera de la aspiración a la primacía de su país, por lo general mediante el retorno a un pasado grandioso que en muchos casos es apenas fruto de la fantasía. De paso van dejando de lado el derecho internacional, como cosa desueta o letra muerta, y también prácticas y derechos de índole humanitaria, como si fueran obstáculo para la felicidad de la gente. Su lógica corresponde, según el caso, a la de los negocios, exacerbada, cuando no a la de la supremacía cultural, la creencia religiosa y la manipulación de las reglas de juego de la sociedad, nacional o internacional, para acomodarlas a los intereses que pretenden representar, por encima de lo que sea. Si alguien se opone, así sea la prensa, no solo resulta coronado de falaz y farsante, sino de traidor e inventor de falsedades.

Para nadie es un secreto que toda esta oleada se ha exacerbado desde la llegada del “negociador en jefe” de los Estados Unidos, que parece solazarse haciendo lo que cree que mejor sabe hacer, que son negocios, y que aplica al poder político las tácticas y estrategias propias de su vida de magnate. Con tres aditamentos inverosímiles, como el de afirmar cosas que van en contravía de la realidad, el de calificar, aunque no le corresponda, el trabajo de los demás y el de hacer recomendaciones sobre aquello que otros países deben hacer, o dejar de hacer.

Es una especie de “guerra espectáculo” no a punta de tiros sino de trinos. Para describirla debería acuñarse un nuevo verbo que representara la combinación del afán por aparecer en los medios, el instinto de protagonizar noticias chocantes, la fascinación por la resonancia de la propia voz, y una “egomanía” fruto de sentimiento profético primario y egocentrismo excluyente, que no dejan campo para la mesura, el sentido de la responsabilidad y la consideración de que en el mundo hay muchos otros sentimientos, experiencias, expectativas y posibilidades que nos deberían permitir alejarnos de la primacía del supuesto ingenio de uno u otro jefe político, que siempre será pasajero.

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2019-06-11T01:00:10-05:00

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Una nueva beligerancia

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