Por: Augusto Trujillo Muñoz

Una nueva conversación

Los resultados de la elección presidencial no se pueden leer, simplemente, como otra victoria electoral del uribismo. Yo prefiero una lectura más nacional y más optimista. Iván Duque logró ir bastante más allá del prestigio de Uribe. Asordinó el mensaje regresivo a ultranza que los ordóñez y los londoños imprimieron a su campaña. Neutralizó el peso muerto de Pastrana, Gaviria y Vargas, que significan lo contrario a relevo generacional y que son íconos del clientelismo más impenitente. Por su parte, Petro obtuvo una votación gigantesca. Resulta imposible tratarlo como derrotado. Por el contrario, es también un ganador si se mira hacia el inmediato futuro.

Esta campaña le dio un importante contenido a la política y mostró, una vez más, la condición plural de la sociedad colombiana. En las elecciones para Congreso el Centro Democrático obtuvo cerca de dos millones y medio de votos. Si, en forma arbitraria, duplicáramos esa cifra, aún quedan más de cinco millones de ciudadanos que votaron por Duque, sin ser uribistas. Allí hay diversidad de opiniones, como las hay también en la votación de Petro. Es un error dividir por dos una realidad múltiple, cuyos protagonistas se aproximan, en un sentido o en otro, por razones de coyuntura.

Cuando la sociedad es plural, no se puede encasillar en el esquema rígido de derecha vs. izquierda que algunos medios siguen utilizando. De hecho, el eje de esta campaña no fue, precisamente, ideológico y los candidatos se cuidaron para no caer en extremismos. El debate fue más bien ético y mostró las dimensiones de la corrupción y las sinrazones de la desigualdad. El respeto a la pluralidad social, el reconocimiento del otro, el uso de la palabra adversario en lugar de la voz enemigo son cosas que se imponen en un país que necesita unirse en la diferencia. Por eso es inquietante el mensaje que queda al aplazarse la votación del proyecto reglamentario de la JEP en el Senado.

En su discurso del domingo, a Petro le faltó una dosis de humildad republicana. A Duque, en el suyo, le sobró la misma dosis de orgullo innecesario, que no le dejó tender su mano al contendiente para invitarlo a debatir, serenamente, unas políticas de Estado. Estos tiempos privilegian lo democrático sobre lo ideológico, es decir, el diálogo sobre el monólogo. Más allá de las diferencias doctrinarias, el siglo XXI descubrió que la política es capaz de superar la dicotomía izquierda-derecha que nos ancla en el siglo anterior y parte en dos lo que tiene múltiples contenidos. Muestra también que la democracia deliberativa construye puentes hacia acuerdos sobre lo fundamental, como lúcidamente lo planteó Álvaro Gómez Hurtado hace un par de décadas.

El columnista de El Nuevo Día Guillermo Pérez Flórez escribió el domingo un texto, cuyo título he hurtado para bautizar esta columna: “Una nueva conversación”. Anota allí que la historia nacional ha sido una especie de monólogo del establecimiento consigo mismo. Ahora aparece una opinión que lo interpela, es decir, que pide interlocución. Esa es razón más que suficiente para pasar del monólogo al diálogo. Cuando se gobierna sin odios, los acuerdos con los adversarios se facilitan, pero hay que tenderles la mano. La política es el sustituto de la guerra. Por eso es preciso abrir una nueva conversación. 

Exsenador, profesor universitario.

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