Una nueva era en Venezuela

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Al conocer los resultados de las cuestionadas elecciones, en las que por mucho 31% de los venezolanos eligieron la nueva Asamblea Nacional, de la cual dos tercios será del oficialismo, Nicolás Maduro proclamó que “nace una nueva era en Venezuela”. Tiene hasta razón. Después de la pasada contienda de 2015, que le dio a la oposición la mayoría legislativa y allanó el camino para el reconocimiento internacional de un gobierno paralelo, ésta por fin ha sido desbancada. Con ello, el régimen chavista termina de extender su control sobre todas las ramas de poder público, el futuro del autoproclamado presidente Guaidó queda en veremos y la búsqueda del cambio por la vía electoral se pone en suspenso.

El dilema que enfrentan los partidos de la oposición ante este escenario es inmenso. Más allá de su fragmentación ideológica, el fortalecimiento autoritario logrado plantea una nueva realidad política en la que deben repensar sus estrategias, que hasta ahora se han centrado en la búsqueda de una transición política bien a través de la negociación o en el caso de los sectores más radicales, la salida forzada de Maduro. No menos problemático, su arraigo entre la población está en descenso, no solo por la promesa incumplida de la democratización sino más aún, por lo que se percibe como una obsesión mayor por lograr el apoyo extranjero para derrocar al régimen que para atender la tragedia que viven actualmente los venezolanos.

Empero, el chavismo tampoco debe sentirse del todo tranquilo con los resultados. Además del rechazo mundial, la alta abstención recalca el desasosiego de los ciudadanos con el oficialismo y la perdida de disciplina de las bases chavistas. Como lo anticipa la profesora Margarita López Maya en entrevista con Tal Cual, ese descontento generalizado hace que la sociedad civil no dejará de movilizarse, sino que en ausencia de líderes opositores creíbles buscará articularse de abajo hacia arriba. De allí que es de esperar que distintas organizaciones, sobre todo aquellas que vienen denunciando hacia afuera la corrupción, criminalidad y violaciones a los derechos humanos del Gobierno, se conviertan en blanco principal de la represión estatal.

Por todo lo anterior, el camino a seguir por parte de la comunidad internacional no es claro. Por más que un número significativo de países ha desconocido los resultados de las elecciones, las políticas trazadas hasta ahora, consistentes en la búsqueda de una salida negociada y la aplicación de sanciones no han surtido resultado alguno en términos de la transición democrática en Venezuela. Todo lo contrario, las sanciones estadounidenses han reforzado las tendencias autoritarias del régimen y cohesionado al oficialismo. Más grave aún, han empeorado la situación económica y afectado al pueblo venezolano. Además de agudizar la inseguridad alimentaria y la escasez de medicamentos y otros bienes de primera necesidad, con un impacto directo sobre la desnutrición infantil, han incidido en el desempleo y la escasez de gasolina. Por más controversial que suene, ante un contexto en el que Maduro está más empoderado que nunca y respaldado tanto por militares como grupos violentos no estatales, la oposición pierde legitimidad y el sufrimiento de la gente se agudiza, habría que preguntarse si la atención a la crisis humanitaria no debería tomar prelación, al menos en el futuro inmediato.

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