Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una obligación de paz

Los amigos de la paz deben demostrar con hechos su fidelidad a la idea de mantenerla y no deben ahorrar esfuerzos en ese sentido; no hacerlo es sencillamente demostrar que lo que quieren es apelar a la guerra, por los motivos oscuros que normalmente animan a ella.

La lógica fatal que lleva a la confrontación requiere ser detenida cuanto antes, donde quiera que aparezca, porque el torbellino que arrastra en esa dirección puede terminar por involucrar a quienes menos se sospecha.

La escalada de amenazas y ejercicios de preparación que se ha desatado en la península coreana, y que al menos desde el punto de vista político, por ahora, involucra principalmente a los Estados Unidos de América, China y el Japón, debe ser frenada cuanto antes. Ya los americanos han decidido suspender algunos de los ejercicios programados de común acuerdo con su aliada Corea del Sur y los chinos han demostrado la prudencia necesaria para que no se desate, por fin, la catástrofe que el régimen de los Kim estaría dispuesta a desatar si se le trata con señales de las que no le gusta percibir.

Sin perjuicio de que, de manera recurrente, a lo largo de más de medio siglo se hayan realizado periódicamente ejercicios militares de lado y lado del Paralelo 38, línea divisoria entre las Coreas a partir del Armisticio de 1953, y de que de ambos lados se hayan hecho declaraciones de todo tipo, sin que se haya llegado a la confrontación armada, no se puede considerar que esa es apenas otra costumbre regional a la que no hay que ponerle toda la atención necesaria.

Bajo las circunstancias actuales, y en vista de los aparentes avances de Corea del Norte en materia de tecnología nuclear, combinados con la también aparente fiereza de su liderazgo, renovado recientemente y animado a ¨mostrar los dientes¨ aunque sea para sentar las bases del respeto, o el temor, que quiere conseguir, mal se puede confiar en que las cosas jamás han pasado de las amenazas a los hechos.

La responsabilidad más grande, aparte claro está de las mismas dos Coreas, corresponde en este caso a los dos gigantes que las apoyan y que hasta ahora han mostrado serenidad y prudencia reconfortantes para el resto de la comunidad internacional. Pero quedan cabos sueltos que merecen tratamiento adecuado, para evitar que, ahora que el mundo gravita en lo económico hacia lo que han dado en llamar el lejano Oriente, los procesos belicistas no progresen de manera paralela para convertir a la región en un polvorín.

Ante la contundencia de los hechos, y frente a la amenaza inminente contra su seguridad, puede llegar el momento en el que el Japón considere que no merece permanecer atado a su compromiso de limitaciones de desarrollo de poderío militar. En esa dirección, si la intervención de las dos grandes potencias de Oriente y de Occidente, es decir China y los Estados Unidos, no es suficiente para idear un estado de cosas que permita la coexistencia pacífica entre las dos Coreas y sus vecinos, en la perspectiva de la paz mundial se corre el peligro de que el Japón decida, motu propio combinar su capacidad tecnológica con sus nuevas necesidades de defensa, o de supervivencia como podría llegar a decir, para armarse a la carrera y cambiar el mapa estratégico de la región, con implicaciones internacionales de gran amplitud.

Mientras la consideración anterior se circunscriba simplemente al ámbito de lo especulativo, vaya y venga. Pero si se el fenómeno se llega a producir en la realidad, no sólo se aumentaría el peligro en Oriente, porque Corea del Norte no vacilaría en considerar el hecho como una amenaza más en su contra, sino porque esa sí sería, entonces, la señal del rompimiento definitivo del orden establecido al final de la Segunda Guerra Mundial, orden que sería mejor rediseñar en condiciones de paz y no bajo la amenaza evidente de una nueva guerra. Razón de más para que los pacifistas del mundo entero actúen sin reserva y sin pausa en busca al menos de la estabilidad en la península coreana, mientras las nuevas circunstancias permiten una evolución que no signifique, como ahora, una amenaza tan grande y evidente para la paz.

 

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