Por: Ana María Álvarez *

Una obra sin fin

Hace diez años que vivo fuera de Colombia y la esencia de mi Bogotá-conocida poco ha cambiado.

Sigue siendo una composición surrealista de conjuntos dispersos de altas edificaciones hipertecnológicas y avenidas asfaltadas y arboladas, rodeados por barrios compactos de casitas unifamiliares de dos pisos y calles con pavimento de concreto; de carros europeos de última generación que comparten la vía con coches tirados por caballos; y de vendedores de baratijas que se apuestan en la puerta de grandes almacenes de diseñadores internacionales.

Bogotá, como todas las urbes del mundo, es una obra sin fin, una ciudad producto de una construcción y una destrucción continuas: calles y avenidas indefinidas que se ensanchan y se alargan comiéndose llanuras y cultivos; casas enormes que son demolidas para erigir opulentos edificios de oficinas; masas de bloques idénticos que surgen por todo el territorio para acoger a la población extranjera; centros comerciales de todos los colores que exterminan a cientos de tiendas de la esquina; en fin, miles de construcciones que nacen, son derribadas y vueltas a construir en el transcurso de los años.

Es así, una ciudad es una obra que se construye sobre sí misma, como un antiguo palimpsesto en el que se mezclan los restos de viejos edificios con las nuevas edificaciones relucientes. Pero Bogotá, mi ciudad-conocida, sigue perdida en las entrañas de su construcción. Las obras que empezaron hace más de diez años han acicalado un poco el envoltorio pero han dejado el mismo esqueleto enclenque (definitivamente, incapaz de soportar la capital del país); las obras significativas de hace unos años se han quedado cortas: el transporte masivo es insuficiente (calcado de un municipio de menos de 2 millones de habitantes), la red de servicios públicos es limitada y el sistema de espacios verdes es insignificante.

Independiente del rumbo del desarrollo y de los eternos problemas de la ciudad, los profesionales y practicantes del urbanismo de Bogotá se están subiendo a esa ola de teorías, de varias décadas de antigüedad, que reclaman un alto en la expansión indiscriminada de infraestructuras y edificios y predican una ocupación eficiente del territorio. Una dirección fundamental y necesaria pero hoy apenas superficial en una ciudad de vías y servicios básicos para casas de dos pisos que, por evolución natural, ahora soportan el tráfico y la población de edificios altos. Es apremiante que Bogotá se densifique, pero no sin antes preparar la estructura urbana.

De este grupo fantástico de urbanistas autoproclamados, un par de especialistas nacionales se pasea por el mundo relatando el triunfo de la conquista de una “ciudad sostenible” para sus ciudadanos. Y aquí ya me declaro totalmente incompetente para, al menos, vislumbrar esa Bogotá contenida, inclusiva y amable. Porque, ¿qué tan sostenible es una ciudad en la que la vitalidad de las calles se rige por un estricto horario diurno, con vías mal iluminadas y andenes escarpados, donde abundan ciclorrutas sin usuarios y parques con lujosas esculturas para niños?

Así, la construcción de esta ciudad se sucede como una colección de frenéticos estudios de factibilidad y aparatosas arquitecturas individuales. Pero, a pesar de la desventura de la ciudad, de las dificultades de vivir aquí y de mi amargura por el resultado de la obra, los habitantes de Bogotá, ya no tan indiferentes, confían en que se fortalecerá y encontrará su sentido.

 

 *Arquitecta, urbanista y editora. Escribe en www.elbloc.net.

 

 

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