Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una oportunidad escondida

Muy distinto hubiera sido todo si a Osama bin Laden lo hubieran cazado un año después del atentado contra las Torres Gemelas.

El hecho de que sólo lo hayan encontrado diez años más tarde tiene que dejar un sabor extraño a quienes dedicaron más tiempo a derrotarlo que el que les costó terminar con Hitler y, aún más, pelear las dos guerras mundiales del Siglo XX. Más que celebrar la muerte, tardía, del enemigo, lo que los Estados Unidos pueden hacer es aprovechar la ocasión para desarrollar una política que mejore las relaciones con el mundo islámico, y por ese camino desactivar, si todavía se puede, la peligrosa creciente del fundamentalismo.

Lo que han hecho los Estados Unidos con la eliminación física de su enemigo público número uno es sin duda fuera del tiempo deseable y por lo tanto no puede tener el mismo valor que si hubiere ocurrido más cerca de la mayor ofensa que han recibido, no solo ellos sino el mundo occidental, en todo el curso de la historia conocida. Y esa sensación de anacronismo pesa mucho, porque a lo largo de diez años, encima del horrible y reprochable atentado contra las Torres Gemelas, que se le atribuye, ese mismo enemigo pudo cantar victoria, como lo hacen los cobardes campeones del terrorismo, cada día que pueden sobrevivir.

Las declaraciones del entonces presidente George Waker Bush dos días después de la masacre de NuevaYork no podían ser más explícitas y contundentes: “No descansaremos hasta que lo encontremos”, dijo con todas las ganas del mundo. Y no lo hacía solamente por convicción propia, sino a nombre de millones de personas que, en su país y fuera de él, clamaban por justicia, o venganza, ante la afrenta recibida. Pero hubo muchas cosas más, como las amplias autorizaciones a sus fuerzas de la más diversa índole para que actuaran, como fuese posible y necesario, en busca del objetivo señalado.

Ya sabemos bien todo lo que desde entonces se desencadenó. Y la suma de muertos que se produjo en las confrontaciones posteriores, equivocadas o no, llega a cifras espeluznantes. Con la carga de injusticia que para muchos inocentes traen esas operaciones desesperadas que persiguen resarcir, cuanto antes, el daño recibido, y poner las cosas en orden a partir de la prevalencia de los intereses propios.

Las guerras gemelas de Irak y Afganistán han sido una especie nueva de desastre. No se sabe qué era lo que buscaban, aparte de demostrar que se estaba actuando en la dirección de un enemigo críptico. Jugando a la suerte de encontrarlo. Pero la única prueba que queda es la de la desolación de pueblos enteros que, a pesar de las mejores intenciones de los invasores, están muy lejos de quedar vinculados de manera auténtica a modalidades de gobierno, siquiera, y mucho menos a una calidad de vida comparable con la que caracteriza a quienes quieren imponerles, de buena fe tal vez, unos valores que les son ajenos.

En la medida que, de alguna manera, lo que se cumplió con la muerte de Bin Laden fue una orden de George Bush, el Presidente Obama no tiene tantos argumentos para celebrar. Pero en cambio tiene, en razón de las circunstancias, la oportunidad de sacar provecho político en la perspectiva de la nueva carrera por la presidencia. Oportunidad que corresponde apenas a lo que se suele llamar la suerte de los campeones, a quienes se les aparecen providencialmente las oportunidades de lucirse.

Lo que tal vez convendría ahora es que Obama, sin dejar de celebrar un auténtico, aunque tardío, triunfo de su país, aproveche una oportunidad que estaba escondida y pueda poner en práctica con mayor libertad, desatado de misiones provenientes del gobierno anterior, su política internacional, que es mucho más democrática y abierta y en la cual se pueden hallar los elementos de un modelo diferente de aproximación al mundo islámico, que permita abrir una brecha de esperanza en el sentido de marchar más hacia un encuentro de civilizaciones que seguir el peligroso camino de la confrontación, que seguramente Bin Laden dejó preparado hace mucho tiempo y que no merece el homenaje póstumo de darle gusto.

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