Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una organización para la solidaridad

Por encima de consideraciones políticas, las catástrofes naturales producen efectos de unión.

En la medida que la fuerza de la naturaleza no escoge nivel de desarrollo ni sistema político para manifestarse, produce una sensación de igualdad en el desamparo, que puede ser aprovechada para reflexionar sobre las posibilidades de actuar de manera más armónica en defensa del interés común.

Los embates de la naturaleza, que se presentan sorpresivamente y por lo tanto son en la mayoría de los casos imprevisibles e inevitables, golpean de una u otra manera tanto a las naciones adelantadas económica y políticamente, como a las atrasadas. Y aunque es posible que los efectos de un mismo fenómeno varíen según el grado de organización y la calidad de la infraestructura de uno u otro país, nada está escrito sobre las posibilidades de salir airosos en cualquiera de los eventos que se presenten.

En la medida que no hay nivel de desarrollo económico, modelo de gobierno, popularidad de mandatarios, momento histórico, creencia religiosa, o estado de ánimo social, que permitan responder con éxito garantizado a la acción intempestiva y destructora de fenómenos naturales, vale la pena reflexionar sobre la necesidad de ponerse de acuerdo, desde cualquier orilla política, en la forma como se puede responder a las amenazas y sobre todo a los hechos devastadores que se presentan en cualquier momento y en cualquier lugar.

La tragedia chilena, lo mismo que la de Haití, y todas las que se puedan contar en las dos últimas décadas, para no ir más atrás, demuestran que la capacidad de respuesta de un solo país es por lo general insuficiente para atender el sinnúmero de obligaciones que surgen desde el momento mismo en el que se presentan las catástrofes. Siempre hay un retraso en la respuesta. Por preparados que estén, los gobiernos entran en estado de insuficiencia, unos por más tiempo, otros por menos, pero todos de una u otra manera.

La solidaridad internacional no deja de manifestarse, pero actúa de manera desordenada. Y si bien hay países que se han ido especializando en cierto tipo de actividades, todo funciona alrededor de las mejores intenciones y con una eficiencia que deja mucho que desear. Sin perjuicio de que poco a poco se hagan avances y se descubran capacidades que se pueden poner al servicio de la búsqueda de víctimas, el salvamento de damnificados, el mejor flujo de los alimentos o los medicamentos y la recuperación de la infraestructura, lo mismo que del estado de ánimo de quienes además de haber perdido sus bienes deben recuperar el bienestar del alma.

La existencia de sistemas de alerta y alarma cada vez más amplios y mejor coordinados, constituye un paso en buena dirección. Lo mismo que el hecho de que los gobiernos sean capaces de olvidar sus diferencias y sus pretensiones económicas o políticas, cuando se trata de socorrer a otros cuando les toca el turno de la desgracia.

Las anteriores son todas lecciones que van conformando un patrimonio de la humanidad, acorralada en su indefensión y puesta a reflexionar sobre la superfluidad de disputas que obedecen más bien a instintos egoístas y predatorios que, infortunadamente, animan con tanta frecuencia las relaciones internacionales. Pero hay que ir más allá. Sin el ánimo de sumar nuevas figuras a una burocracia que colma ya tantos espacios, se debe insistir en la creación de un sistema internacional de socorro y cooperación dedicado, sin barreras de índole ideológica, a que la humanidad mejore sus posibilidades de recuperarse de los golpes que recibe de un medio natural cuya depredación hay que evitar, para no sembrar más catástrofes, y cuyos embates nos hacen recordar cómo somos de frágiles y cómo es de necesaria  nuestra solidaridad.

 

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