Por: Catalina Ruiz-Navarro

Una oveja vestida de oveja

Cuando supe por primera vez de la llamada Ley Lleras también me imaginé ese mundo post-apocalíptico en el que no podríamos tener infinitas canciones en el iPod, un mundo sin videos en Youtube ni películas en Cuevana, donde la libertad de información estaría amenazada. Un mundo así sería un retroceso y borraría el que tal vez es el mejor aporte de internet: la posibilidad de tener acceso a toda la información imaginable desde cualquier lugar del mundo. Internet nos dio la ubicuidad y la omnisapiencia, y es muy difícil renunciar a eso.

Una ley que prohibiera  el libre flujo de información sería represiva, anacrónica e injusta. Por eso los internautas (que solemos ser entusiastas como la turba enardecida y cómodos como quien por el frío no sale de su casa) reaccionamos pronto y nos quejamos airadamente en las redes sociales. Rápidamente se creyó que la ley lleras es como Acta, Anti-Counterfeiting Trade Agreement, una propuesta para un acuerdo comercial plurilateral en respuesta al “incremento de los bienes falsificados y obras protegidas por copyright o patentes pirateadas en el mercado global” incluyendo la distribución en internet y que propone, entre otras cosas, el monitoreo de las actividades de los usuarios de Internet para “asegurarse de que los derechos de autor son respetados”. Esto implica mantener un control férreo sobre las actividades de los usuarios de internet (¿es eso siquiera posible?) y la criminalización de muchas de las actividades que hoy consideramos inherentes a la red y que son justamente las que la hacen plural y democrática.

Pero, ¿es eso lo que dice la Ley Lleras? ¿Es un ardid solapado para coartar nuestras libertades? La información apresurada y confusa se auguraba ya en el nombre que se le dio a la ley: Lleras, cuando lo lógico es que hubiera sido Vargas. De hecho oí decir al Ministro del Interior en la radio que parte de la polémica se debía a la confusión, a que la gente no conocía realmente el proyecto.

Después de leerlo debo decir que Vargas Lleras tiene toda la razón. Primero la el proyecto de ley dice que no habrá penalización si no hay  “un beneficio económico directamente atribuible a la actividad infractora, en los casos en que tenga el derecho y la capacidad para controlar dicha actividad”. Esto quiere decir que podemos seguir descargando música para usos personales, rotándola en Twitter y posteándola en nuestros blogs. Los portales para ver series y películas en internet tampoco se verían afectados pues su lucro no deriva “directamente” del contenido del video sino de la publicidad. Hay penalización, en cambio, si alguien usa mi trabajo, no me da crédito y además lo vende. Eso me parece perfectamente justo y natural, pues quién lo haga no será parte de una comunidad que comparte la información libremente.

Por otro lado la ley no obliga a los proveedores de servicio a espiarnos, dice literalmente: “Artículo 3. Inexistencia de obligación general de supervisión. Los prestadores de servicios de Internet no tendrán, para efectos de esta ley, la obligación de supervisar los datos que transmitan, almacenen o refieran, ni la obligación de realizar búsquedas activas de hechos o circunstancias que indiquen actividades ilícitas.” Así que en realidad no busca violar nuestra intimidad, ni vigilarnos. Creo que, de hecho, lo que busca la ley es simplemente poner por escrito algo que todos consideramos obvio: que lucrarse del trabajo de alguien sin siquiera darle crédito es una canallada.

“Una oveja vestida de oveja”. La expresión la usó Churchill para referirse a al Conde Attlee, y bien podríamos usarla para hablar de esta ley, que no penalizará el intercambio de información sin ánimo de lucro, una de las dinámicas endémicas de la internet, no invadirá nuestra intimidad y tampoco acabará con la piratería. La piratería, de hecho, solo podría acabarse efectivamente si toda la información fuera libre y totalmente gratis, una solución que los redactores de la ley todavía no contemplan y cuya omisión hace que solo haya un reclamo legítimo a la Ley Lleras: su ingenuidad ovina.  
 

 

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