Por: Julio César Londoño

Una partícula providencial

LOS CAMINOS DE DIOS SON INEScrutables. El anhelado mesías de la cristiandad fue descubierto más o menos en la fecha esperada (“dentro de mil y mil años”) pero su aspecto sorprendió a todos.

No era un zarco divino como quería Leonardo da Vinci, ni un trigueño de mediana estatura como deducían los antropólogos, ni un gigante “cuyos pasos son truenos y las nubes el polvo de sus pies“, como lo dibuja el Antiguo Testamento. No. El verdadero mesías, la única entidad que puede salvarnos, amén de Uribe, es una partícula elemental sin carga eléctrica, ínfima, un billón de veces más pequeña que el neutrón: el neutrino.

Como nadie ignora, el universo es el resultado de un estremecimiento de la nada en una fluctuación del vacío acaecida hace 15.000 millones de años. De allí se desprendieron el tiempo, el espacio, las partículas, las estrellas, las flores y los pájaros. Ese estremecimiento se conoce ahora con un nombre irreverente, Big Bang, la especulación que se volvió teoría cuando Edwin Hubble demostró que el universo estaba en expansión.

En cuanto al destino del universo, hay dos finales posibles: agotada la energía expansiva del Big Bang, las galaxias implosionarán hacia el centro del universo, punto donde se fusionarán el espacio, el tiempo y los astros en un apocalíptico big crunch final... para luego explotar en un nuevo Big Bang, implosionar en un nuevo big crunch y oscilar así en una especie de latido cósmico incesante.

La otra posibilidad es trágica: en su fuga, las estrellas pueden alcanzar la velocidad de escape, vencer la atracción gravitacional, superar el punto de retorno y perderse en la lenta disgregación de las nebulosas, en la fría noche del triunfo de la entropía. Un final-final.

Este parecía ser el escenario más probable porque, según los cálculos, la cantidad de materia del universo no alcanzaba a sumar la masa crítica necesaria para generar el campo gravitacional capaz de provocar la fatal y a la vez salvadora implosión.

Pero luego se supo que la materia “censada” era sólo una parte de la verdadera masa total del cosmos; que existía una gran “masa oscura”, esquiva a los radiotelescopios y refractaria a los cálculos; y que los neutrinos, pequeños pero innumerables, constituían un porcentaje importante de esta masa.

El neutrino fue primero una partícula virtual, y capturarla no fue fácil porque es rapidísima, arisca, ínfima y relativista.

Su existencia real sólo se demostró en 1967 aprovechando una singular propiedad suya: cuando un neutrino interacciona con un átomo de cloro, lo convierte en argón. La reacción debe realizarse en un “laboratorio puro”, es decir, libre de la presencia de cualquier otra partícula procedente del espacio exterior, hecho que puede alterar la transmutación del cloro.

Para garantizar esta pureza se construyó una bóveda de gruesos muros de hormigón enchapados con láminas de plomo, en un socavón de las minas de oro de Homestake, Dakota del Sur; luego se introdujo en ella un gran tanque con cloro líquido y se la selló. Sólo el neutrino, y quizá Dios, podía atravesar todas estas defensas.

Dos días después la bóveda fue abierta y se encontraron en el tanque las esperadas trazas de argón. El neutrino había sido puesto en evidencia. Investigaciones posteriores demostraron que el neutrino no era solamente una onda con prestigio sino que tenía lo que necesitábamos, masa; ínfima, pero concreta.

Las investigaciones continúan. Aún es poco lo que sabemos de esa prodigiosa partícula. Lo que sí es cierto es que en esa sombra de pizca de materia puede estar la clave de la salvación del universo, la energía gravitacional necesaria para que el latido cósmico no se detenga jamás.

 

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