Por: Augusto Trujillo Muñoz

Una payasada

En Centroamérica y el Caribe se ha vivido una historia política difícil y contradictoria.

Pero se creía superado aquel estilo político que, durante casi todo el siglo XX, convirtió a esa región en semillero de inestabilidades y dictaduras. También hubo dictadores en México y en América del sur. Sin embargo los centroamericanos padecieron en forma más intensa el dramático suceso que los convirtió en eje de las llamadas banana republics.

A lo largo de su historia republicana lo latinoamericanos, en general, han sido más víctimas que protagonistas. Desde los albores mismos de su independencia los pueblos de América estuvieron en la mira de las nuevas potencias del mundo. Basta recordar la sentencia del ministro inglés Canning, mientras ordenaba presionar a Bolívar por el pago de una deuda: “América es libre de España. Si manejamos bien nuestras cosas, pronto será inglesa”.

Luego fueron los gringos. La célebre doctrina Monroe, tuvo por objeto mantener los pueblos del continente alineados con los intereses de los Estados Unidos. En 1901 Teodoro Roosevelt –una mixtura entre caw boy pendenciero e inglés o sajón bárbaro- se atrevió a decir: “Para ser felices a las naciones latinas les bastará comportarse correctamente. Un bondadoso aunque rígido Tío Sam, encontrará entonces innecesario castigarlas”.

Los norteamericanos encontraron luego el mejor pretexto para consolidar su influencia sobre nuestra América: la guerra fría. En ese propósito contaron con el concurso de las élites nacionales más regresivas. De allí surgieron las dictaduras centroamericanas del medio siglo XX, algunas de las cuales se prolongaron por décadas. Fueron los tiempos de Castillo Armas y Somoza, Batista y Trujillo, López Arellano y Noriega.

Durante ese proceso las élites hondureñas jugaron un papel fundamental. Desde comienzos del siglo en Honduras la United Fruit Company fue no sólo un gigantesco poder económico sino también político. El territorio hondureño sirvió para organizar una especie de ejército rebelde que, autorizado por el presidente Eisenhower, ingresó desde Honduras a Guatemala para derrocar al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz.

La década de los ochenta trajo consigo el triunfo sandinista en Nicaragua y, con él, una fuerte represión en Honduras. En su cúpula dirigente hubo siempre una no disimulada tendencia macartista. Durante ese tiempo Honduras recibió una ayuda norteamericana que, al parecer, benefició más al ejército que al conjunto de la economía nacional. De hecho ese ejército, según analistas, es uno de los más corruptos de la región.

Con el final de la guerra fría y el colapso del socialismo real se abrió un nuevo período, en el cual se creyeron superadas aquellas historias de opereta. Bush quiso reeditarlas, pero Obama las rechaza de plano. Sin embargo las revivió Honduras hace una semana. En forma no sólo innecesaria sino torpe. Zelaya no era un presidente con prestigio ni estaba haciendo las cosas bien. Acudió a argucias políticas e incluso jurídicas para convocar la consulta reeleccionista. Pero nada indica que hubiera violado el orden jurídico.

Por el contrario, la designación del nuevo jefe del Estado es todo un sainete. Con sus primeros discursos y declaraciones tanto el presidente como su canciller demuestran ser dirigentes anclados en el pasado. En esa tradición hondureña de conservadurismo que se resiste a la convivencia en la diversidad. Pero además muestran un infinito desprecio por el derecho como conjunto de valores, como expresión de principios y como sistema de coherencias.

El nuevo gobierno acusa a su antecesor de violar normas legales. Pero para recuperar el imperio de la ley decide violentar el orden jurídico. ¿Tiene eso algún sentido? Luego pretenden hacernos creer que todo se cumplió dentro de procedimientos establecidos en medio del derecho. Semejante payasada ofende la inteligencia de cualquier ciudadano miembro de cualquier sociedad democrática. Solo por eso, ya merecen el rechazo del mundo.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

 

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