Por: Columnista invitado

Una paz catastrófica

Por: María González

“Vamos de mal en peor”, se escucha decir a mucha gente en las ciudades. “Uy, la violencia está terrible”, aseveran otros. “Uy, yo no entiendo”, decimos algunos, y es que hace décadas no teníamos niveles de homicidio tan bajos como los de ahora.  Los muertos y heridos por el conflicto armado han disminuido de manera contundente, y aunque ciertamente es muy preocupante la emergencia de nuevas violencias, o el incremento de la persecución a los líderes comunitarios, no estamos tan graves como antes. Esta no es la paz primaveral donde solo resuenan las risas de los niños o, menos caricaturescamente, los campesinos pueden vivir dignamente de sus cosechas, o la policía no dispara gas lacrimógeno sobre cualquier manifestación, pero tampoco estamos en la antesala del infierno, o como dirían algunos, del santoscastrochavismo.

No estábamos preparados para la paz, o el pedazo de paz que tenemos, me parece escuchar a Juan Roberto o a Claudia decirlo. Y es que en efecto los noticieros, ante la “deficiencia” que se registra de homicidios, secuestros, masacres, y tomas, y que no es un efecto colateral de los acuerdos de paz, sino que constituye el gran logro de los acuerdos junto a la desmovilización, han tenido que acudir a toda suerte de crónica roja, cámara de seguridad, o melodramática historia para cubrir ese vacío de las noticias de la guerra. Lo han logrado. Han logrado mantener esa audiencia presa del miedo, de la angustia -aún más que antes-, porque han conseguido reemplazar las noticias del conflicto armado, ese que aunque aterrador se sentía lejano para los habitantes de las ciudades, por los episodios sangrientos de las violencias cotidianas. Lo han reemplazado entonces por una violencia, esta sí cercana (y con zoom): la violencia de las calles, como el atraco, o el raponeo, o la violencia intrafamiliar, mientras que los beneficios que el pedazo de paz ha acarreado para muchas comunidades y territorios, son relegados o minimizados, o incluso puestos en duda. ¡Qué angustia! Le han sumado además la suposición como noticia (la posibilidad de que no hayan entregado todas las armas, la probabilidad matemática e incluso astral de que nos pase lo mismo que a Venezuela – y no es exageración), la profecía de que es una catástrofe lo que se avecina y de que necesitamos un salvador “otra vez”.

Lo peor es que es cierto que no estábamos preparados para la paz, o el pedazo de paz que tenemos. No se calcularon bien los desafíos de la reincorporación de “diezmiles” a un país con deficiencias estructurales, o mejor en regiones donde infraestructura nunca ha habido. Tampoco se calculó bien el vacío de poder que se iba a generar ante la efectiva desmovilización y que iba a ser aprovechado por muchos armados (con menos oficinas de inteligencia militar pero al parecer más efectivos). Increíblemente, dada su trayectoria histórica, no se calculó el tamaño de la torpeza (casi bestialidad) política de las FARC (de ahora y de siempre) que se niegan a dialogar con un país urbano y a aceptar que no fueron el Robin Hood de la historia patria. No se calculó el desconocimiento de la historia de la mitad más uno de colombianos y la indiferencia de las 3/4 partes. Pero sobre todo no se calculó la voracidad política de nuestros Honorables Parlamentarios y secuaces que exponen razonamientos falaces de consumo rápido sobre la paz y la justicia, aprovechándose del dolor o resentimiento de una sociedad con un conflicto armado interno degradado e incomprendido. Ellos precisamente…Honorables Parlamentarios quienes recibieron con beneplácito a “paracos” en ejercicio en su seno, y no solo consideran a los parapolíticos como héroes caídos en desgracia, sino que señalan a los defensores de derechos humanos como un actor más de la guerra, o una amenaza para la paz estable y duradera. Ellos… Honorables Parlamentarios que se confabulan y están dispuestos siempre al mejor postor y se han apropiado del Estado cual patrimonio privado, y ahora quieren hacerlo con nuestro pedazo de paz… Esos politiqueros son hoy a todas luces la amenaza más certera a un atisbo de convivencia pacífica, más aún que las BACRIM y unas previsibles disidencias. La paz no pudo quedar en peores manos

El problema es que estos insalvables errores de cálculo tienen a mucha gente viviendo con real angustia e incertidumbre, y no porque su celular, y de paso su vida, corra peligro, o su tajada burocrática o presupuestal se vea en riesgo. Hay a quienes les dolería el fracaso del pedazo de paz que nos queda. No se extrañen… Existen. Son los habitantes de muchos territorios que han podido experimentar la tranquilidad de no estar en medio de dos bandos o a merced de alguno, y que conocen y valoran realmente el enorme logro de haber desarmado a las FARC. Son la gente que ve amenazado el pedazo de paz conseguida por quienes se autoproclaman voceros de las víctimas y guardianes de la democracia (burocracia, digo yo). Ellos sí son motivo de conmoción interior. Al menos de mi conmoción interior. Pobre paz. Algo tendremos que inventarnos…

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