Por: Yesid Reyes Alvarado

¿Una paz epidérmica?

La paz no es solo el silencio de las armas. Abandonar el uso de la violencia como forma de superación de los conflictos es un gran logro; pero no lo es únicamente porque lleve a disminuir las cifras de heridos y muertos, sino porque le permite al Estado dedicar más tiempo, dinero y esfuerzo al análisis y solución de las causas del enfrentamiento armado.

Algunos de los críticos más recalcitrantes de la negociación en La Habana afirman no estar en contra del acuerdo, y sostienen que lo único que buscan es una paz con legalidad, pero hasta ahora han centrado la mayor parte de sus esfuerzos en torpedear el funcionamiento de la JEP e interferir en la reconstrucción de la memoria histórica. Su visión de la legalidad en este ámbito se reduce a que las Farc depongan las armas y a que sus integrantes sean sancionados por la justicia ordinaria. Pero en la medida en que insisten en desconocer que ese grupo guerrillero fue parte de un conflicto armado, en ignorar que existen unas causas que permitieron su surgimiento y expansión, y en abstenerse de intervenir en ellas para removerlas o atenuarlas, se oponen al proceso de paz.

Colombia está internacionalmente catalogada como uno de los países con mayor índice de desigualdad, buena parte de la cual se explica por la forma inadecuada como se ha venido manejando el tema de la propiedad y la explotación de las áreas rurales. La menor atención que tradicionalmente se le presta al agro en Colombia dificulta las condiciones de vida de sus habitantes, no solo en cuanto a vías de comunicación que les permitan una apropiada explotación y comercialización de sus productos, sino en materia de salud, educación y justicia. La debilidad del Estado en esas zonas aumenta la exposición de sus habitantes a la actividad de los grupos al margen de la ley, no solo porque los impulsa al desarrollo de actividades ilícitas como el cultivo de coca o la minería ilegal que les garantizan una mínima subsistencia, sino porque suplen al Estado en el desarrollo de labores tan variadas como la construcción de vías de comunicación, la seguridad o la propia administración de justicia. Esa injerencia de los grupos armados ilegales en territorios alejados de los grandes centros urbanos, con escasa o esporádica presencia del Estado, es lo que les permite conseguir una cierta solidaridad en ese entorno, algunas veces espontánea y otras forzada.

Por eso la importancia del proceso de paz no puede reducirse a que las Farc entreguen sus armas y se sometan a la justicia de transición. Su renuncia a la lucha violenta implicaba ceder los espacios que de facto habían ganado en zonas rurales, lo cual debería haber facilitado la presencia del Estado para asumir el control de todas las actividades que la guerrilla había venido desarrollando allí de manera ilegal; por eso es importante brindarles a los habitantes de esas regiones alternativas frente a los cultivos ilícitos, no solo facilitándoles semillas y abonos, sino ayudándoles en la adecuada comercialización de sus productos; pero también lo es garantizarles seguridad y formas de justicia cercanas, ágiles y eficientes. Lo demás es una visión epidérmica del proceso de paz.

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2020-01-14T00:00:11-05:00

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