Por: Arturo Charria

Una peatona en el mundo de los signos

Uno se detiene de forma mecánica cuando el destello del semáforo se pone en rojo. No hay mucho que hacer: revisamos el celular, miramos al otro lado de la calle, metemos y sacamos las manos de los bolsillos con impaciencia, ordenamos alguna idea pendiente. Todo esto ocurre de manera simultánea en ese minuto que parece no acabar nunca.

Siempre he pensado que caminar por Bogotá es una forma de aprender a quererla. Augusto Pinilla, profesor de la Facultad de Literatura, nos contaba que solía hacer un recorrido entre su casa y el lugar en que tomaba el bus para ir a clases. Augusto podía tomar el bus a pocas calles de su casa, sin embargo, caminaba varias calles de más por el placer que le producían ciertos pasajes de su barrio. Él llevaba un diario de estos recorridos y cada página tenía detalles diferentes, muchas de ellas solo hablaban del clima: "Estoy aprendiendo a mirar", solía repetirnos con su voz de rinoceronte.

En uno de esos recorridos "pinillescos" por la ciudad, encontré un signo que me obligó a preguntarme por algo en lo que jamás me había detenido: el lugar de las peatonas en el espacio público. Se trata de una acción conjunta entre las secretarías de la Mujer y Movilidad del Distrito. Una de esas acciones que muchos pasan por alto, pero que implican una profunda transformación cultural. Así, en muchos semáforos de Bogotá han puesto a una peatona en el lugar de la luz roja y verde.

La imagen es muy poderosa: el semáforo deja de ser un signo que administra la movilidad a través de los colores, para convertirse en un espacio de reflexión sobre lo que implica ser mujer en una ciudad como Bogotá. Esta mirada diferenciada de la forma en que habitamos y transitamos el espacio público no es un debate menor, pues ni mi profesor ni yo hemos sentido el miedo y la inseguridad que puede sentir una mujer al recorrer estas calles. Esa sensación hostil que implica detenerse frente a un semáforo y saberse observada. Lo que para muchos puede ser un recorrido contemplativo, para muchas es tránsito peligroso o, cuando menos, genera miedo.

Por eso, aprender a mirar implica entender la ciudad no solo como un espacio o un paisaje en el que nos movemos, sino como un lugar en el que se disputan categorías y derechos. De ahí que las calles estén cargadas de signos que nos permiten reflexionar sobre la sociedad que somos. Transformar estos signos abre la posibilidad de modificar comportamientos o pensamientos que tenemos naturalizados.

En el parque de la Memoria en Buenos Aires hay un signo que estremece y contiene en su imagen el horror de la dictadura. Se trata de una señal de tránsito junto al río de la Plata: de un avión cae una persona al agua, una línea roja de prohibido atraviesa el dibujo. El mensaje es brutal y contundente, durante la dictadura miles de personas fueron arrojadas a los grandes ríos y mares en los "vuelos de la muerte". Ningún transeúnte puede pasar de largo sin sentirse interpelado.

Por eso resultan importantes estas transformaciones de los signos en el espacio público, pues nos sacuden como transeúntes y también como sociedad. Entonces, cada vez que veamos una peatona en un semáforo de Bogotá, no pensemos qué bonita iniciativa, sino preguntémonos por esas violencias que viven diariamente las mujeres en el espacio público. Y, cuando la luz cambie de color, que en verdad signifique que todos podemos movernos en igualdad de condiciones por la ciudad.

@arturocharria

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