Por: Diana Castro Benetti
Itinerario

Una perversión

Lo que se entiende por perversión varía a través de los siglos. No profesar la misma práctica religiosa era motivo de hoguera. Saber de partos o leer geometría era tan perverso como lo es hoy un abuso a un infante. La perversión, comprendida más allá de una bestialidad sexual, es cruzar un límite impuesto, perjudicar con sevicia y maldad un orden establecido, romper sin rumbo la norma, salirse de la curvatura del territorio y construir una ética donde no existe la compasión. Y con sevicia, dirían muchos. En la perversidad se actúa con maldad y conciencia. 

Perverso es el maniqueísmo. Un estado del ser y la sociedad donde lo bueno y lo malo existen en absolutos. Se vive al vaivén de un péndulo, demonizando esto o aquello. El malo es aquél, la buena aquella. Hay extrema santidad y extrema perversidad. Polos narcisos que señalan con el dedo creando vértigo y mezquindad; no existe espacio, moderación, escucha, cambio de opinión, discusión, debate o análisis. El maniqueísmo es pura emoción irracional desatada, perversidad que busca perpetuarse, codicia que copula con la amenaza. Un viejo truco. Truco que inhibe la reflexión, los balances, los cambios de perspectiva. Sistemáticamente aniquila los grises y la risa; invalida con el insulto, el estigma o el asesinato. El maniqueísmo es servil a todo poder despótico e ignorante y es el tránsito perfecto hacia lo abyecto: la náusea y la repulsión. 

Pero, aun así, desde muy lejos de las profundidades de un hades furioso y de los márgenes de lo desconocido, surge siempre lo sublime. Un brillo tenue del que sueña con la liberación de sus propios demonios. Una claridad diáfana donde no existen infiernos ni cielos; una incertidumbre que permite la vida. Una sonrisa serena, un abrazo amigo, un gato que acompaña, una hija que crece, un amor que se aleja. Es simpleza y es respiro porque es en la vivencia del que se sabe humano y grotesco y en el anhelo del que se sabe pequeño, que puede florecer ese lugar mágico donde la creación y el arte permiten olvidar el abismo inútil y les dan paso a la gracia y la belleza. Desde las propias sombras y matices, el acto de crear, recrear y volver a crear desata la aceptación de lo que somos y aproxima la libertad. En algún lugar nace el esplendor. 

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