Por: Diana Castro Benetti

Una pizca de brujería

Como un todo, empezamos a aceptar que toda realidad nos compete. Ni la indiferencia ni el conformismo tienen mucho sentido cuando se plantean nuevos modelos de pensamiento o incluso cuando invocamos acciones de vanguardia.

En tiempos recientes, la que retorna es justo la alquimia que se siente en un adentro íntimo, la que recorre espaldas y neuronas, la que fundamenta postulados comunes con otros y por otros. Es la alquimia de los cocreadores, dirían algunos, o de los egos cósmicos, también dirían los de más allá. Pero, a estas alturas, ¿quién puede negar el efecto de que lo que hacemos por un ladito se nos aviva y retorna por el otro? ¿Quién podría decir, viendo lo que vive y lo que se manifiesta, que nunca ha sido partícipe en ese juego maravilloso de dolores, magnificencias y responsabilidades? Atrás quedaron las culpabilidades de los infiernos ajenos o de los yo no fui y yo no sé. Globalizaciones que hacen de la acción consciente, acción conjunta, acción interdependiente o de la simple interacción, la alquimia de un mundo al que le urge su corriente de responsabilidad mutua.

En magia, la alquimia es la transformación y va más allá de la sencillez del cambio. Es la trasformación que no conoce etapas y fases o mañanas y pasados. Es la que camina lejos de la prisión de la linealidad y sucede en un instante, sin tiempo ni espacio, y que avanza con la sapiencia de que lo que ahora es ni se parece a lo de días atrás. Es la magia que dice no hay esperas, que mejor es el riesgo y la creatividad. En un abrir de ojos se hace preciso reconocer que somos nosotros los alquimistas, magos y rectores de esa realidad en la que vivimos.

Como de sapo a príncipe, de calabaza a carroza, de ratón a princesa recién despierta, la transformación es mágica, instantánea y, a la vez, requiere conocimiento, trabajo, inversión, conciencia, respiración, confianza, intuición, desafíos, llanto, éxtasis, palabras creativas, pensamientos novedosos, actitudes abiertas. Requiere aceptar lo perverso, lo malo, lo bueno, la locura, lo irracional, lo extraño, lo desconocido. Este es el mundo que creamos porque la alquimia tiene sus leyes, y una de ellas dice: aquello en lo que ponemos nuestros ojos, crece.

Alquimia intensa, alquimia interna, alquimia de todos, alquimia con otros, alquimia de oros sin secretos de inmortalidad. Bienvenida la alquimia para tiempos inconcebibles. Por fin.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diana Castro Benetti

Todo toma tiempo

Una perversión

El don

El querido diario

Lectura silenciosa