Por: Arlene B. Tickner

Una política distinta para una realidad cambiante

A pesar de que el presidente Bush prometió convertir a América Latina en un tema prioritario para los Estados Unidos, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 desviaron la atención de ese país.

La inexistencia de grandes amenazas en la región comparables con el terrorismo islámico hace razonable pensar que este desinterés continuará después de las elecciones de noviembre y que las propuestas de McCain y Obama para energizar las relaciones hemisféricas obedecen a una estrategia para cautivar el voto latino.

Sin embargo, varios think-tanks independientes, entre ellos el Council on Foreign Relations y el Brookings Institution, vienen realizando esfuerzos para aumentar el perfil de América Latina dentro de la agenda externa estadounidense y reformular su política hacia la región. Ambos han manifestado que los bajos niveles de credibilidad de ese país y la desconfianza que suscita obstaculizan la construcción de una relación más productiva que refleje los altos niveles de interdependencia y los problemas comunes que existen. Asimismo, comparten la convicción de que la influencia decreciente de Estados Unidos exige un cambio en la visión que se tiene sobre América Latina —considerada históricamente como el “patio trasero” del hegemón— y su reconocimiento como interlocutor.

Mientras que el Brookings Institution convocó a una comisión de alto nivel para analizar el estado de estas relaciones y elaborar una serie de recomendaciones que serán entregadas en noviembre al presidente electo, en mayo el Council on Foreign Relations publicó el informe de un grupo de trabajo —representativo de un amplio espectro ideológico— en el cual se identifican los temas críticos de la agenda hemisférica y su injerencia en los objetivos de Estados Unidos en la región.

Según el informe del Council, los asuntos más apremiantes son la pobreza y la desigualdad, la inseguridad pública, la movilidad humana y la seguridad energética. Se argumenta que los dos primeros disminuyen la competitividad global de América Latina, el potencial de desarrollo, la capacidad de combatir el crimen y la creencia ciudadana en la democracia. De allí que el mejoramiento de las condiciones de vida en la región se señale como una meta central de la política exterior estadounidense.

Frente a la lucha contra las drogas, el informe sugiere que políticas como la erradicación de los cultivos ilícitos y la interdicción han tenido un efecto marginal sobre el comercio mundial de narcóticos y no han corregido sus causas estructurales, entre ellos el consumo y la pobreza, ni sus efectos colaterales, principalmente la violencia.

El mensaje de fondo es que América Latina enfrenta problemas que afectan intereses estadounidenses neurálgicos, pero que las estrategias del pasado están destinadas al fracaso. Además de complementar las iniciativas desarrolladas por los mismos latinoamericanos en lugar de imponer las suyas, la construcción de un rol más positivo exige que Estados Unidos aumente su cooperación con potencias medias como Argentina, Brasil, Chile y México, y reformule su antagonismo frente a Venezuela y Cuba.

Profesora titular Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.

 

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