Por: Julio César Londoño

Una política sin imaginación

El nivel del debate político en Colombia, profundamente subterráneo, preocupa por dos razones: porque son las ideas de los debates las que definen las políticas públicas, y porque las realizaciones siempre están por debajo del nivel de los debates.

En Colombia los debates no tienen una filosofía que los guíe, un marco que los circunscriba, un sueño colectivo que los inspire, y las campañas se limitan a agitar viejas mismas banderas. La educación. La vivienda. La paz. Cosas tan obvias, derechos tan elementales que ni siquiera debían figurar en los programas de los candidatos.

Si el debate es elemental, la ejecución es peor. A las administraciones públicas les preocupa, por ejemplo, el número de viviendas, no su calidad. Las especificaciones se empobrecen. La “vivienda de interés social” tiende a confundirse con la “vivienda de interés prioritario”. Nadie habla del color ni del movimiento de las fachadas. Ni del viento ni del sol.

¿Ha escuchado usted algún debate de fondo sobre la educación? Yo tampoco. Sabemos que aumentó el presupuesto de la cartera. Sabemos que los pulsos entre Fecode y el Ministerio de Educación giran siempre en torno a los salarios y las prebendas laborales, nunca sobre contenidos ni métodos. En teoría, la memorización dio paso a los logros, y los logros a las competencias, pero en la práctica aún rige el culto a la memorización de datos y algoritmos. No hay nada más difícil que cambiar las rutinas de los profesores.

¿El conocimiento es una construcción vertical u horizontal? ¿El estudiante sabe algo o lo aprende todo del profesor? ¿Estudiamos para triunfar o para cooperar? Todos sabemos buscar información en internet, pero ¿cuántos saben cribar esa información? Aunque elementales, estas preguntas ni siquiera se formulan en el gremio.

La única propuesta audaz en los últimos 50 años llegó hace un año en una cartilla de educación sexual. Inmediatamente, los profesores, los pastores, las almas pías y los líderes de la extrema derecha se volcaron a las calles y le metieron candela.

La democracia participativa no despega por la pobreza del debate. Y porque la política es compleja, claro. Hay que conocer nuestra historia, al menos la reciente (Frente Nacional, narcotráfico, subversión, parapolítica). Hay que conocer los prontuarios de los prohombres. Hay que saber leer sus propuestas entre líneas. Hay que estar enterado del curso de las altas ponencias y de la baja crónica roja (Odebrecht, Reficar, carteles industriales, asesinatos de líderes sociales) y luchar incluso contra nuestros odios y nuestros prejuicios, pues tendemos a aceptar las historiografías y las versiones que los refuerzan.

Para rematar, hay un ejército de comunicadores propalando día y noche teorías descabelladas. La más difundida repite que Juan Manuel Santos es comunista y que existe una vasta conspiración internacional, de la que participan la ONU, la OEA, el Vaticano, la Unión Europea, Luis Carlos Sarmiento y la Organización Santodomingo, para entregarle el Estado a las Farc. Solo les falta decir que Tutina es guerrillera.

A nuestros problemas viejos hay que sumar movimientos nuevos y tan perversos como la vasta contrarreforma agraria de los últimos 40 años, y ahora estas campañas de desinformación chapucera y criminal. El retroceso intelectual y social del país por cuenta de las maniobras de influyentes líderes del establecimiento es dramático y debe computarse en decenios.

Estas campañas han tenido un vocero extraordinario, Álvaro Uribe, y todo parece indicar que tendrá un aliado inmejorable, Germán Vargas, un sujeto más peligroso que Uribe porque de loco no tiene un pelo.

 

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