Una pregunta a Bogotá

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Entendemos que desde 1934 se venía planteando lo de un metro en la capital con propuestas que no cuajaban. Y así, entre timideces, indefiniciones y actos sospechosos, con la conocida lentitud de nuestras obras públicas, Bogotá sigue siendo la única ciudad del mundo así de populosa que carece de un medio realmente eficaz de transporte colectivo.

Dentro de lo que recordamos, a mediados de 1953, es decir, hace 67 años, se supo que Japón propuso construir una primera línea sin que la ciudad, entonces con una población aproximada de 850.000 habitantes, tuviera que poner ni un centavo. La condición era que los inversionistas explotaran el servicio durante 25 años, al cabo de los cuales la infraestructura ingresaría al patrimonio de la urbe. Calculamos que esa primera ruta hubiera funcionado hacia 1960, con entrega de la misma por parte de Japón en 1985. Y tal vez se contara ya con varias líneas. ¡Pero no se hizo!

En estos dos primeros meses de 2020, la alcaldesa Claudia López se muestra hiperactiva con todo lo que concierne a la capital: va en cicla, habla, camina, interroga, contesta, mira, revisa, les hace carantoñas a los niños de las escuelas, expone su “contrato social”, está desenfrenada de verbo y deja ver sus sueños y parece ser exigente, incluso consigo misma. Ojalá siga con esas pilas que resultan ser un ingrediente positivamente contagioso para los intereses ciudadanos.

De modo que desde aquí le decimos a la burgomaestra que haría bien en atender este comentario y pedirles a sus funcionarios que investiguen qué pasó en 1953, por qué no se les agarró el brazo a los japoneses. De haber acogido aquella formulación, hoy nos moveríamos sin las apreturas de Transmilenio, que lo único que ofrece es una evidente ganancia en tiempo de desplazamiento.

La pregunta, por tanto, que desde mediados del siglo XX nos taladra la motola, sin ausencia de cierta suspicacia, es simple y nítida: ¿Por qué no se pudo echar a andar ese plan? ¿Qué factores impidieron que los bogotanos y los bogotanizados pudiéramos disfrutar de un sistema menos parroquial y que ya hace agua? La gente, conocedora de la mentalidad burocrática de los politiqueros (perdón, Max Weber: no lo digo en el sentido de su teoría sobre “burocracia” y “racionalidad”), piensa que no funcionó el CVY y quedamos colgando. Lo mejor pudiera ser que se nos diga que el proyecto japonés no era técnicamente recomendable o que… ¡lo que sea!

¿Qué se conseguiría con descubrir la verdad olvidada, si es que se logra? Por lo menos, hacer una reflexión sobre los males que nos dan esa identidad tan macabra que cada ciudadano intuye en la avidez de ciertos funcionarios y las actitudes y audacias oficiales. Lo peor, en este sentido, es que en muchos casos cada cual espera ser partícipe en las componendas de los contratos.

Tris más 1. Presento disculpas por decir “cuatro lustros” en mi artículo del sábado 29 de febrero, y no “ocho lustros” o “cuatro décadas”, pues hablábamos de 40 años y se me chispotió.

Tris más 2. La capacidad técnica de la cúpula del presidente Duque no es garantía suficiente para que dejen de soltar opiniones superficiales o poco serias sobre asuntos tan serios. ¡Qué pena con la visita!

* Sociólogo Universidad Nacional.

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