Por: Cecilia Orozco Tascón

Una prueba reina

COMO UNA NOTICIA QUE MERECÍA abrir noticieros, pero sin más trascendencia que la del día en que se produjo, pasó la petición pública de perdón que hizo el ex jefe de contrainteligencia del Departamento de Seguridad de la Presidencia, Jorge Alberto Lagos, a la Corte Suprema y a los senadores Piedad Córdoba y Gustavo Petro por haberlos perseguido.

En una histórica escena judicial que no habíamos visto en Colombia —en donde hasta los perpetradores de masacres se proclaman ‘inocentes’ aunque los cojan con las manos en la masa—, Lagos leyó frente a la jueza, el fiscal, los abogados de las víctimas y la prensa, una declaración contundente, después de su súplica: “Lamento lo sucedido y pido perdón a todos por este hecho”. Con voz firme, reconoció que “el objeto de las investigaciones (ilegales del DAS) era desacreditar a la alta corte... y desprestigiar a los congresistas” de la oposición.

Lagos admite su culpa para cumplir uno de sus acuerdos con la Fiscalía. El otro acuerdo consiste en contar cuáles de sus superiores lo incitaron a “desacreditar y desprestigiar” a las otras ramas del poder, en particular, a aquéllas que estaban juzgando a los parapolíticos, origen real de esta gran tramoya. De cualquier manera, las revelaciones de Lagos serán apenas el inicio de una montaña de datos que entregarán otros implicados del DAS, también ansiosos de no terminar pagando los platos que rompieron los de más arriba. Entonces habrá evidencias innegables de cuán comprometidos están los cinco hombres del primer círculo del Presidente, y, de pronto, el mismísimo Uribe. Por eso la condena de Lagos no es una decisión judicial como otras. Merece un análisis de mayor proyección, puesto que es la primera prueba reina del complot que se trazó para quitarles soporte moral y apoyo de la comunidad a la Corte Suprema y a su Sala Penal, no en vano la más vilipendiada.

Tres líneas de acción tuvo el plan delictivo contra los magistrados independientes (porque no fue contra todos): 1.- Encontrar vínculos criminales con el narco Giorgio Sale 2.- Encontrar deudas de gratitud con Asencio Reyes y de  éste, con un presunto socio narcotraficante 3.- Encontrar lazos ‘clientelistas’ de los togados y sus familiares con otros organismos del Estado. A estas tres patas le hacía falta una cuarta, la de mayor éxito: la difusión mediática.

Vamos por partes: No pudieron comprobar conexión  criminal de la Corte con Sale o con Reyes. A éste ni siquiera pudieron impulsarle un proceso. Tampoco hallaron una sentencia torcida que favoreciera los intereses del uno o del otro. Pero hubo evidencias de reuniones sociales. Con eso, y a través de sujetos poco respetables de la prensa, extendieron sospechas como si fueran verdades. Y se cuidaron de guardar bajo llave, informes sobre contactos de ese par de individuos, con políticos de los primeros renglones, ministros, militares y policías de los rangos más altos, o magistrados de otras épocas a los que había que proteger, porque hoy son amigos de la cofradía. En efecto, nadie acepta que estuvo en L’Enoteca comiendo por invitación de su dueño. ¡Ay, si la lista fue larga! No obstante, se agarraron de ese filón y del clientelista, para el que no había que montar operativo alguno porque era fácil encontrar familiares de  quien fuera, trabajando en el sector público. Unos por mérito propio y otros, por influencia. A ver ¿Quién se atreve a decir en el rubro de las clientelas esta boca es  mía? Los magistrados no son perfectos. De acuerdo. Pero distan mucho de estar impedidos para ejercer su función de jueces. Pésele a quien le pese. Y lo harán.

Buscar columnista